El malestar causado por una entrevista del periódico francés “Le Figaro” al dictador sirio Bashar el Asad, protagonista de una guerra que ha dejado más de 100 mil muertos y millares de refugiados, es para que la prensa de todo el mundo, al menos la comprometida con la deontología de este oficio, se interrogue sobre su real misión. Sobre todo en una época en que la credibilidad de los medios ha caído en picada y el universo informativo suele reducirse a burdas relaciones públicas de regímenes, líderes políticos y figuras indignas, sea por sus excesos, la falta de transparencia o la permisividad que hayan caracterizado sus actuaciones.
En un formidable artículo publicado en la edición del 26 de septiembre del diario español El País, la periodista Ana Carbajosa se pregunta: “¿Debemos los periodistas dar voz a los dictadores y asesinos? ¿Deben servir los medios de comunicación de plataforma para que los sátrapas difundan su propaganda?”. Es válida la salvedad de que una cosa es la fuente informativa y otra, que es lo que está en juego, servir de voceros, sea por interés o carencia de profesionalidad, a criminales y corruptos.
El trasfondo de la polvareda levantada por la entrevista con El Asad puede estar en que a éste se le dejó amenazar y exponer sus puntos de vista, sin responder, como suele ocurrir con frecuencia por aquí, a cuestiones clave. A propósito del malestar, el jefe de la redacción del diario francés se vio obligado a publicar un texto en el que justifica su decisión de publicar la entrevista y en el que aclaraba que “dar voz no significa aprobar ni apoyar”.
Por la responsabilidad que tienen los medios de comunicación -y en especial la prensa escrita- en la conducta de las sociedades, revuelos como el causado por la entrevista del diario francés al dictador sirio son para pensar, más en estos tiempos de crisis moral, sobre la función de este oficio. Por más que los periodistas no sean “policías de la moral”, tampoco deberían prestarse a utilizar el oficio para servir de voceros de los antivalores sociales.
POR: Luis Pérez Casanova

