lares extravagantes. Se regalan vacaciones alrededor del mundo y consumen whisky, brandis y cognac a veces inasequibles en el mercado local.
Se citan con amigos o pretendidas en los restau-rantes más exóticos y costosos, mientras sobre las mesas de sus dormitorios descansan, entregados al olvido, los recibos de pago de la vivienda donde residen y los de las men-sualidades del colegio donde estudian sus hijos.
Don quijote es personalista, quiere todos los méritos para él solo, olvidando que sin Sancho los mismos serían inalcanzables.
Tiene un vistoso y brioso caballo, con nombre propio: Rocinante Sancho, por su parte, escasamente posee un torpe y debilucho burro sólo identificado como Rucio, por el color de su pelaje. Sancho tampoco tiene, como su amo, una despampanante y exquisita dama: Dulcinea, que fortalece su espíritu. Ese mismo comportamiento egoísta e interesado exhiben muchos paisanos. Quieren, como reza el refrán popular, todo para el tío y nada para el sobrino; no mueven un alfiler si ello no trae consigo una recompensa material.
El ingenioso hidalgo es sobradamente violento, siempre está presto para clavar su daga a quien o a lo que se atraviese en su camino aun sin haber causa mayor para ello. Así reaccionan millares de los nuestros desde hace varias décadas. Basta la más mínima desavenencia entre dos personas para que la atmósfera se llene de pólvora, o los cuchi-llos y machetes blandan como espadachines de la China imperial.
Don Quijote ve en cada una de sus acciones un acto de justicia porque, según él, la justicia lo dignifica como ser humano.
En nosotros la justicia, como valor social que abo-ga por la equidad y el bien común, es una utopía. La justicia dominicana es dispar y ge-latinosa, más voluble que una vara elástica cuyo estiramiento es proporcional a los in-tereses de quienes la manejan.
Don Quijote posee el don de la multiplicidad. Unas veces se nos presenta como Valdomino; otras como Abindarráez, otras como los Nueve de la fama y otras como los Doce pares de Francia.
Una porción considerable de nuestra población es plurifacética y todóloga, son pocas cosas que no saben hacer. Son capaces de realizar simultáneamente las más disímiles tareas, desde ser profesor de cualquier materia en una escuela o uni-versidad, hasta fabricar chichiguas en Semana Santa y echarlas al aire con sogas de ca-buya nueva. La multiplicidad es un componente esencial de nuestro menú diario.
Al momento de repeler las amenazas de desplome que afloran en nuestra sociedad sería más saludable apoyarnos en la objetividad y la clarividencia de Sancho para pre-decir los fracasos de su amo, en su paciencia para salir airoso de las situaciones compli-cadas, en su astucia para sacar a don Quijote de los embarazos en que se mete.
Sancho aprendió de su antecesor Patronio la humildad y la sabiduría. A Sancho, por su nobleza y origen social, le sobraría valor y moral para no aceptar mentas y chicles a cambio del peso que le sobra en el colmado.
No le abochornaría ir un supermercado a comprar ví-veres. Tampoco le importaría vivir en un barrio dominicano humilde, ausente de rique-za y fama. Saben por qué, simplemente porque Sancho es más avispado de lo que lo han tildado por siglos.
Siendo así, los dominicanos no debemos leer el Quijote porque su nocividad nos co-rroe y nos empuja hacia un abismo infernal, del cual ni las tres divinas personas y todo su séquito celestial podrán rescatarnos.
Preferible es, entonces, recurrir a Salomé Ureña para que nos irradie su fe en el porvenir. Porque su plegaria elevada ciento treinta y dos años atrás aún retumba en nosotros: «Que atraviese tu voz el aire vago / las almas con-vocando a la victoria / tuya es la lucha del presente aciago / tuya será del porvenir la gloria».

