Grandes peligros acechan nuestro mundo. Hoy, nos vemos acusados y presionados por la inestabilidad de la vida moderna. Cuesta vivir en medio de tanta incertidumbre e intranquilidad. Tenemos que aprender a lidiar con esas condiciones.
Los efectos de ciertos estados pueden significar un proceso bien marcado por la involución que crea la acumulación de poder: indiferencia, iniquidad, desigualdad, impunidad, irracionalidad…
¿Son útiles los gobiernos o, por el contrario, son proyectos inservibles y destructivos?
La maquinaria burocrática que generan, afectan a la gente. Es tal el desgaste humano, que se ha perdido la confianza en los dirigentes de los gobiernos. Tampoco se puede creer en partidos políticos. El juego más sucio de la política es la corrupción, lacra de la perversidad que contamina, desafía la ley desde la farsa, la manipulación, el egoísmo, el transfuguismo y la desconsideración. A veces, se mezcla cubierta de una doble moral a través de una conducta ancestral indetenible que va de una a otra generación como si nada.
¿Es la moral una consecuencia de la conciencia y puede alcanzar armonía y paz para la supervivencia y evitar que nos dejemos arrastrar por el símbolo siniestro de estos tiempos irreflexivos?
En política, hay depredadores atentos a las personas débiles para devorarlas, pero también somos idiotas y pendejos ensimismados, que damos el voto orgullosos por los efectos de la demagogia.
De lo que estoy seguro es de que también existe la luz de la sabiduría, en ella la nobleza, los sentimientos, principios y razones que orientan nuestra atención hacia una visión clara. Hay que saber discernir entre lo nutritivo y lo tóxico.

