Hace exactamente dos años, siete meses y siete días que a los contribuyentes se nos vendió la idea de que si pagamos conforme la suma de 3 mil 534 millones de pesos, República Dominicana estaría en capacidad de controlar el narcotráfico.
El ¡hurra! Se escuchó en la antesala del cielo. Ese día llegaron los primeros dos aviones Súper Tucano, con lo que descabezaríamos al monstruo de siete cabezas que es el narcotráfico, según el jefe de la FAD de la época.
El espectáculo propagandístico estuvo al más alto nivel, hasta el presidente Leonel Fernández fue a Brasil a retratarse sobre uno de estos aparatos.
Están equipados con dos ametralladoras, cohetes aire-tierra y aire-aire, y pueden alcanzar una altura de 35.000 pies, y velocidad de 593 kilómetros por hora. Hubo gente que, como yo, pensó que la muerte el monstruo estaba cerca.
Pero pasó el tiempo y lo alijos de drogas se multiplicaron, sin que la eficiencia de los Tucano fuera demostrada en el terreno de juego.
Pero como ningún mal dura para siempre, el Mesías de los dominicanos fue mostrado por el eficiente jefe de la DNCD la noche del domingo. Un avión espía no tripulado, denominado Predator, y al que de inmediato se le atribuyó la responsabilidad de la captura de un alijo de 1,700 kilos de cocaína.
De golpe y porrazo se olvidaron los Tucano, ahora la eficiencia para el combate del narco es un Predator. Ojalá algún jerarca militar no se le ocurra plantear la compra de uno de estos costosos aparatos, que Estados Unidos nos prestó como juguete a niños pobres.
Es verdad que este avión no tripulado, cuenta con un radar de coberturas kilométricas, además de que se les pueden instalar misiles para ataques.
Pero como a Guacanagarix lo mataron hace más de 500 años, debemos estar conscientes que la misión de ese Predator en territorio de Quisqueya no es defendernos del narco. ¿Estamos?

