Daniel Guerrero
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¿Sólo números?
La economía y la política van de la mano porque ambas se explican en estrecha conexión con la marcha de la historia, las decisiones gubernamentales asociadas al control del Estado y las acciones cotidianas de los seres humanos en su dinámica de vida.
Es costumbre definir la ciencia económica como aquella que se ocupa del estudio de “la asignación de recursos escasos para satisfacer deseos ilimitados”, pero en verdad lo socialmente correcto sería asociarla al interés de la sociedad en la movilización de sus recursos humanos y materiales para mejorar el nivel de vida de toda la población.
Desde el punto de vista académico, como ciencia que se imparte en las universidades de todo el globo terráqueo, la ciencia económica apenas sobrepasa los 237 años de vida.
Fue a partir de la publicación de “La riqueza de las naciones” (1776) por parte del profesor británico de filosofía Adam Smith (1723-1790) que se evidenció la necesidad de ocuparte como Dios manda del estudio de los problemas económicos.
Desde entonces miles y miles de hombres y mujeres acuden a las aulas de los centros de educación superior en busca del saber científico acumulado en la economía, pero nadie puede atribuirse la posesión del dominio universal de esos imprescindibles conocimientos.
Porque ocurre que tanto un mecánico, como un empleado, un ama de casa, un empresario o un político del patio son actores directos en el desempeño de la economía nacional. En realidad son los hacedores de actividades productivas, comerciales, financieras…
El papel de los economistas y los gobernantes debe estar cimentado en la búsqueda del bienestar general de la sociedad, sobre todo de los sectores que se encuentran en peores condiciones de desigualdad económico-social.
Arthur Cecil Pigou (1877-1959), renombrado economista británico, escribió en su obra Economía del Bienestar (1929) temas tan trascendentes como la economía del bienestar y los problemas del subempleo. En efecto, no vaciló en sentenciar: “El principal motivo del análisis económico es contribuir a la mejora social”.
Otro tanto sostenía el británico John Maynard Keynes (1883-1946) para quien “la Teoría de la Economía era un método, más que una doctrina, un aparato de la mente, una técnica para pensar, que ayuda a su poseedor a extraer conclusiones correctas”.
En tal virtud, se hace necesario auspiciar la divulgación de ideas económicas que contribuyan a elevar el grado de conciencia social para comprender la grave crisis productiva, comercial y financiera que afecta a la economía mundial.
Cierto: cada ciencia goza de un vocabulario especializado para el análisis de los fenómenos que forman su objeto de estudio, pero nunca será suficiente en sostener la necesidad de socializar los conocimientos mediante el uso del lenguaje cotidiano.
Porque en verdad la economía supera el marco exclusivo del mundo de las matemáticas, los cuadros y los gráficos para concebirse como parte integral de un proceso político y social.
