Ahora que se despide, el embajador estadounidense Raúl Yzaguirre ha podido reconfirmar que solo se cosecha lo que se siembra. En los más de dos años que se ha desempeñado como jefe de la diplomacia de su país (llegó en noviembre de 2010) se ha ganado, por su cordialidad y ecuanimidad, el cariño y respeto de todos los sectores. No creó ni impuso ningún estilo, pero mejoró la imagen de embajada norteamericana.
Su trato personal era tan simple que ni por asomo parecía el representante de la nación más poderosa del planeta. Y no era que vivía dedicado a las relaciones públicas para hacerse una buena imagen o apuntalar la de su legación, porque intervino en muchos conflictos, sin renunciar a los intereses de su país, pero tampoco sin extralimitarse.
Como todo buen diplomático. Ese afecto que se le ha profesado es el que se ha ganado con un comportamiento que prácticamente ha hecho historia. Al marcharse, los dominicanos que han apreciado su misión le echarán de menos. Porque con él se marcha un amigo. Un buen amigo.

