Oviedo
Los murales, dibujos y las pinturas que engalanan galerías, museos y colecciones testimonian tanto la sensibilidad humana como la calidad de la obra artística de Ramón Oviedo. Con su muerte, ocurrida ayer a los 92 años de edad, no solo la plástica, sino las bellas artes están de luto.
Oviedo, nacido en 1924 en Barahona y autodidacta, siempre estuvo comprometido con las mejores causas, sin importar el lugar donde se encontrara. Los matices que supo sintetizar para plasmar una obra que hablaba con cualquier espectador contribuyeron a que le bautizara y tratara como lo que era: un maestro.
Su mural “Cultura petrificada” adorna la sala de la Unesco, en París, pero otras obras suyas están diseminadas por prestigiosas galerías y museos del planeta. En el trato personal y en su estilo de vida, destilaba arte, porque no era otra cosa más que un artista. Oviedo, un orgullo de la nación, deja en su despedida su rica producción como herencia de una sensibilidad social y capacidad de trabajo que cultivó a través de los años. Su partida deja un gran vacío.

