A pesar de la caída de supuestos pejes gordos, de profilaxis como la anunciada en la Policía y las Fuerzas Armadas y de múltiples medidas, el creciente incremento de la drogadicción es el gran reto para las autoridades. Está bien que se sancione a los agentes que se han apartado de sus deberes, pero sin perder de vista a civiles diseminados en todas las esferas relacionados con el narcotráfico. El pulso no debe temblar para deshonrar no sólo al agente que por las razones que fueren cae en las garras del narco, sino también para perseguir y someter a los principales responsables de la operación. Mientras caen chiquitos los grandes se las arreglan para permanecer intocables. En el caso de los 22 agentes y oficiales de la Policía acusados de colaborar con el narco en Puerto Plata y otras acciones anunciadas por las autoridades ha quedado la impresión de que los implicados son los únicos culpables del negocio y de que todo el problema está adentro. Una torpe manera de hacerse daño, pues se sabe que no es así.

