Como presidente de la Junta Central Electoral (JCE), el magistrado Roberto Rosario debería esforzarse al máximo por despejar todas las suspicacias que han vuelto a gravitar sobre las votaciones de las elecciones del día 20. Decisiones contradictorias, como la relativa a la transmisión simultánea de las actas de votación, han dado pauta para sospechar que los comicios pueden decidirse en la JCE y no en las urnas. Aparte de otros conflictos que han escoltado el proceso. Por eso es tan necesario revestir el certamen de la más absoluta transparencia y garantías para que ni por asomo se piense en maniobras fraudulentas como las ocurridas en 1994. Rosario debe evitar, con demostraciones categóricas, que se sospeche que actúa como juez y parte. Tiene la magnífica oportunidad de llenarse de gloria al proceder con la equidad e independencia que demandan su condición de presidente de la JCE. El nerviosismo y los mismos conflictos que han rodeado el certamen tornan necesario lo que puede ser un mensaje tranquilizador a la ciudadanía.

