Opinión

Profesor Luis Sergio Nina

Profesor Luis Sergio Nina

Perteneciente a una constelación de educadores de ayer y de hoy, difíciles de olvidar, por el conocimiento y la sabiduría que sustentaban, así el temple de su personalidad moral, admiración y el respeto merecido como una alondra primaveral, el profesor,  respetado y queridísimo, Don Luis Sergio Nina, (fallecido), que cual estrella rutilante que siempre alumbró con destellos invariables a la municipalidad de San Cristóbal y lugares y secciones donde laboró, honrándose siempre asimismo, sus distinguidos familiares y el nombre de la verdadera escuela.

Fue no solo un maestro, sino un ejemplo de principalía para San Cristóbal, y todos cuantos le conocieron y trataron, aunque era de poco conversar, enfocaba siempre temas interesantes, amaba y fue ruiseñor de la poesía, la agricultura, conocía las vivencias y la mayoría de sus conciudadanos, la historia de San Cristóbal, su pueblo natal, y diversas comunidades de la república, que todavía le recuerdan como símbolo del magisterio dominicano.

Amaba con frenesí y delirio a sus familiares, y los visitaba frecuentemente, casi todos los días, en señal de amor, cariño, sinceridad y devoción.

Servidor por más de 25 años en la escuela de Humachón,  sector del mismo nombre, donde se convirtió en escudo de dignidad y grandeza moral y espiritual. Dejo como legado una familia honrada, laboriosa, ejemplarizante y orgullo de San Cristóbal.

 Siendo quien esto escribe graduado de abogado, el profesor y compadre Luis iba a buscarme y nos sentábamos en el antiguo Hotel San Cristóbal, en el parque central de la avenida libertad, a declamar poemas, siendo su predilecto “Te quiero”, que dice así: “Te quiero y a veces no comprendo, como me duele el alma de quererte, como palpita el corazón enfermo por el dolor inmenso de no verte”. “Quiero estar a tu lado y contemplar tus labios rojos y divinos y si en ese instante me dice el destino: Vuélvela a querer como tu propia vida, y así acaso el destino nos separa y el dolor con su dolor nos hiere, nunca pienses, mi amor, que yo te olvidaré, porque cuando el amor es cierto, nunca muere”.

Entonces me decía: “Sobrino, dígase algo de Amado Nervo”, y  yo lo declamaba: “Todo en ella encantaba, su mirada, sus gestos, su sonrisa, su andar. El ingenio de Francia de su boca fluía, era llena de gracia, como el avemaría: ¡quien la vio, no la puede ya jamás olvidar!// Ingente como el agua, diáfana como el día, rubia y nevada como margarita sin par. Al influjo de su alma celeste amanecía…// Era llena de gracia, como el avemaría. ¡Quien la vio, no la puede ya jamás olvidar! “Yo gocé el privilegio de encontrarla en mi vida dolorosa; por ella tuvo fin mi anhelar, y cadencias arcanas halló en mi poesía.//¡Cuánto, cuanto la quise! Por diez años fue mía, pero flores tan bellas nunca pueden durar.//Era llena de gracia como el avemaría, y a la fuente de gracia, de donde procedía, se volvió… como una gota que se vuelve a la mar.

El Nacional

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