Público de espectáculos artísticos

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En mi condición de asistente habitual a los espectáculos artísticos, he tenido la oportunidad de observar las características del público asistente a esos eventos.
Como difícilmente me pierdo un concierto sinfónico, mis pupilas y tímpanos han tenido la oportunidad de contactar las personas que son amantes reales o aparentes de la llamada música culta.

Cada vez son más numerosos los ocupantes de las salas donde se celebran los actos con música de este género, debido en gran medida a los cursos de apreciación impartidos por valiosos profesores.

Con mi natural curiosidad de periodista, acostumbro entablar conversación antes del inicio y durante los recesos de estos espectáculos con algunos de sus asistentes.
Y me he llevado sorpresas cuando compruebo que muchos de los más fieles habituales no alcanzan siquiera la categoría de analfabetos funcionales de la música de los grandes maestros.

Y que por el contrario, no faltan quienes con apariciones de cometa, y con escasez de edad biológica, muestran conocimientos equiparables a los de versados musicólogos.
Más de un auténtico melómano sustenta la peregrina tesis de que cuanto más elegante viste la dama o el caballero que asiste regularmente a los conciertos, mayor es su desconocimiento de esta vertiente de la más universal de las artes.

Y opinan que ambos participan para que los califiquen de cultos, y para hacer alarde de bonanza billeteril, sobre todo los hombres que aspiran a lograr una conquista amorosa

No es raro ver durante la interpretación de alguna pieza musical a un espectador realizar algún gesto vigoroso de arriba hacia abajo con sus manos, cuando sabe que se producirá concomitantemente un pasaje similar de la orquesta.

Con la acción, muchas veces persigue el objetivo de mostrar que es un conocedor de la obra.

En el sinfonismo la música instrumental goza de mayor popularidad que la vocal, por lo que son escasas las presentaciones de óperas y zarzuelas, aunque abundan los recitales de cantantes con pasajes de ambas.

En las presentaciones de ballet clásico de compañías nacionales, tanto públicas como privadas, el público está formado mayormente por parientes de los danzantes.
De ahí que los aplausos sean constantes, independientemente a veces de la calidad de las actuaciones.

En las obras de teatro, tanto drama como comedia, paradójicamente los asistentes muestran menor interés en parecer versados en el género.

Y a diferencia de los iniciados en la música clásica, que sólo aplauden al finalizar cada obra, los habituales del arte escénico ríen estruendosamente, aplauden y hasta gritan frases elogiosas o denuestos a los actores.

En los intermedios opinan con desinhibida locuacidad acerca de la obra y las actuaciones, y con frecuencia abandonan la sala en medio de una escena.
Los actores se alejan a veces de la solemnidad de un parlamento, y hacen alusiones humorística o de contenido crítico a alguna de las personas que saben que forma parte del auditorio.

Vale la pena destacar que hay obras teatrales que contienen pasajes en los que parte del elenco deben interactuar con el público, especialmente en las comedias.
Al igual que ocurre en el cine, en el teatro aparece alguien que cuenta en voz alta a un cercano espectador el final de una escena o de la obra, con la consiguiente protesta del resto de la concurrencia.

Este enfado colectivo va muchas veces acompañado de palabrotas insultantes capaces de teñir de rubor el rostro de un veterano marinero de goleta en estado de embriaguez.

En las exposiciones de pintura, tanto individuales como colectivas, los asistentes hablan sobre las obras con desenfadada locuacidad.

Y son frecuentes sus opiniones favorables o negativas son pronunciadas con lentos y sucesivos alejamientos o acercamientos de los cuadros.

Por esa actuación móvil acompañada de criterios expresados con frases metafóricas, alguno consigue aparentar ser un profundo conocedor del arte pictórico, con relativa facilidad.

Es lamentable que pese a la gran cantidad de asistentes a las exposiciones de pintura, son escasos aquellos que adquieren las obras exhibidas.

Y lo hacen más por razones de ornamentación de las paredes de sus hogares que por amor al arte del lienzo y el pincel.

Concedo gran importancia al crecimiento en la actualidad del público en los espectáculos artísticos en el país, ya que es una prueba de la eficiencia de las instituciones públicas y privadas encargadas de su desarrollo.