La medalla de oro de Félix Sánchez en Londres 2012 y la plateada de Luguelín Santos, logradas de manera consecutiva en jornada memorable, se constituyen en acontecimiento deportivo del año, sin precedente, que marca el momento cumbre del olimpismo dominicano.
Los sucesos ocurridos en el estadio olímpico londinense luego del triunfo del inmenso Súper Sánchez en los 400 metros con vallas enerven las fibras nacionalistas y provoquen lágrimas de orgullo patrio al disfrutar el éxtasis de la victoria de un atleta renacido como ave fénix.
Sus méritos son antológicos. Logró en 2004 en Atenas la primera presea dorada en la historia del atletismo dominicano y ocho años más tarde, luego de sortear múltiples dificultades con fracasos competitivos y lesiones que auguraban su inminente retiro, se consagra doble campeón mundial.
Con orgullo exhibe la nacionalidad duartiana, se cubre de gloria con el pabellón tricolor que hace ondear a lo más alto en la premiación, el himno patrio retumba a los cuatro vientos como telón sonoro en que enjuga sus lágrimas de oro mientras 80 mil almas presentes le rinden justa ovación.
Y miles y miles de dominicanos, del lar insular y más allá de fronteras caribeñas, también se unen a este momento irrepetible para humedecer sus ojos de emoción, de orgullo patrio elevado a la máxima potencia por este atleta de cuatro olimpiadas.
El simbolismo de su dedicatoria póstuma a la abuela-madre, fallecida justamente previo a su eliminatoria hace cuatro años en Beijing, se expresa en sus zapatillas y adquiere ribetes dramáticos al develar su fuerza impulsora secreta en una foto de ella bajo el uniforme. ¡Cuánta emoción y grandeza!
El Súper Sánchez ingresa a la élite privilegiada de poquísimos atletas con dos triunfos en olimpiadas en una misma prueba con ocho años entre uno y otro, y es el más longevo en lograr la presea aurífera en atletismo mundial.
Y quizás su mayor mérito sea intangible: Unir al pueblo dominicano en todos los rincones del mundo. ¡Salve doble campeón!

