El comportamiento de los concurrentes como votantes, la actitud de los contendientes como actores políticos y de los organizadores como árbitros de la elección del candidato presidencial por el Partido Revolucionario (PRD) envuelve imágenes y retratos interesantes para mejor comprender el suceso.
La demostración cívica de participación masiva en la convención contiene un claro mensaje a dirigentes convocantes y detentadores del poder de que hay un deseo ciudadano de expresarse mediante el voto a favor de o en contra de determinada figura o partido.
La imagen de dirigentes del sector vencido a lo interno del PRD, en exposiciones públicas excesivas e imprudentes el día del proceso, denotaba actitud derrotista, pesimista, de la que se intuía final adverso.
La presentación del otro bando en la jornada fue sorprendentemente moderada, contrario a lo esperado por la personalidad de su líder, estuvo más profesional y alejada de especulaciones o negativismos.
El lenguaje gestual y corporal, en ambos casos, confirma la credibilidad en la verborrea típica de políticos en campaña y, sobre todo, cuando ofrecían datos numéricos para sostener posiciones y actitudes que no resistían la racionalidad.
Los organizadores estaban avalados por su historial de probidad partidista, apego a la legalidad, aunque contribuyeron al conflicto e incertidumbre al retrasar el resultado oficial del cómputo.
Las empresas encuestadoras, con excepciones que confirman la regla, quedaron mal paradas con sus pronósticos casi coincidentes pero en sentido contrario, pese a su supuesta independencia y apego ético, y dieron la impresión de ofrecer resultados según quien las pagara.
El PRD, que puede ser ganador y perdedor al mismo tiempo, después de la demostración ciudadana se empeña en pelearse internamente. El asunto no debe complicarse más. Si el PRD quiere retornar al poder, tiene que reunificarse, mantener la unidad en torno al candidato y ejercer su rol de mayor partido opositor. Así como parece, simple y tan complicado.

