El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) protagoniza el entretenimiento mediático del país, espectáculo circense de mal gusto, trama harto repetida y desenlace anunciado, en pésimo servicio al ejercicio democrático, despropósito y vergüenza histórica.
Otra disputa intestina más, nuevo cisma, expulsiones y sanciones, más leña al fuego que consume al otrora toro bravío, avalancha electoral referente en América Latina que hoy es fragmentada y alejada del poder, pese a caudal de votos que lo ubica partido puntero.
Esa adhesión perredeísta de fidelidad incuestionable de poco sirve cuando la cúpula consume tiempo y esfuerzos en rebatiñas como si fuese reparto de botín, dote o legado de intereses particulares y mercuriales, lejos de propósitos políticos colectivos.
Miguel Vargas Maldonado, quien virtualmente compró la presidencia del PRD dentro de la política moderna, y el ex presidente Hipólito Mejía, pasarán a la historia como protagonistas de la aparente inevitable cuarta gran división orgánica, desde la salida de Juan Bosch, en 1973, para fundar el PLD.
La poderosa maquinaria electoral del PRD pudo superar el desprendimiento del líder y ganar elecciones en 1978 que terminaron los Doce años de Balaguer, pero cismas posteriores lo alejan del poder perdido en 1986 y desde entonces tiene siete fracasos electorales presidenciales.
La situación anticipa que surgirá otro partido, hijo del fratricidio, como en 1987, con Jacobo Majluta y José Francisco Peña Gómez, creando el PRI y el BIS, y en 2004 con Hatuey De Camps, quien fundó el PRSD. Ninguno de estos engendros, excepto el PLD 23 años después, ha logrado el poder.
El PRD reniega su responsabilidad política, se desangra internamente, descuida agenda nacional, parece hibernar y favorece que el Ejecutivo gobierne sin real oposición para fortalecer la cada vez más consolidada Era del PLD con dominio absoluto del poder político y hasta económico.
Así, habrá PLD para mucho rato.

