Noviembre, fue establecido como Mes de la Familia en nuestro país, por el Decreto 1656 del 17 de diciembre de 1971, a solicitud del Movimiento Familiar Cristiano de la Iglesia Católica. En diciembre de 1999, en referencia al asesinato de las Hermanas Mirabal, la Asamblea General de la ONU, declaró el 25 de noviembre como el Día Internacional de la NO Violencia Contra la Mujer, como fecha sugerida y elegida en Bogotá, Colombia, en el Primer Encuentro Feminista, en 1981, por las compañeras dominicanas que asistieron.
Que la familia y la no violencia contra las mujeres, como conmemoraciones, quedaran enmarcadas en un mismo tiempo del año, serían esas casualidades fortuitas que las personas creyentes refieren como «diosidencias» y se presentan como muy convenientes dentro del plan espiritual que nos completa como personas.
El caso es que, quienes trabajamos por más de 30 años con la violencia de género contra las mujeres y las niñas, sabemos que el hogar y la familia constituyen espacios de gran riesgo para la integridad física y emocional de las personas, sobre todo si son mujeres-pareja, o hijas y la violencia llamada doméstica o intrafamiliar tiene la expresión más cruel en ese marco, mutilando, matando, y por supuesto, dejando traumas de difícil superación.
En realidad, aquí, la fisonomía de la familia no tiene nada que ver con la promoción que se hace en noviembre de ella y se mantiene la insistencia en familias modélicas nucleadas, cuya imagen no es la que las personas crecen viendo, ya que de acuerdo a las cifras oficiales, un 40.16% de las familias urbanas dominicanas tienen a una mujeres a la cabeza.
Estas «jefas de hogar» son, en su mayoría, mujeres que no están unidas ni casadas (63.53%), y de esta cifra, un 29% son separadas de unión libre, 18% viudas, 7% divorciadas, 5% separadas de un matrimonio y un 5% nunca se han casado o unido.
No sería ético incluir la diversidad de familias de hecho y legitimar su existencia? Necesitamos reconocer el panorama diverso en donde pueden haber hogares unipersonales, o liderados por mujeres con niños, niñas y adolescentes; con envejecientes y/o con personas discapacitadas, o con parejas del mismo sexo.
Podemos seguir sosteniendo la idea hegemónica de una familia que no existe? No hay que reformular las categorías de familias dominicanas? Es hasta comprensible que la visión de la religión esté estancada, en una institución como la católica que solo reconoce errores cada 500 años o más, pero el Estado, no debería reconceptualizar cual es la célula de esta sociedad dominicana?

