¿Quién iba a decir que ese muchacho tranquilo, de carácter suave y hablar fluido, procedente de una familia que debió emigrar hacia Nueva York, se negaría a sí mismo?
¿Quién iba a decir que ese hombre que visitaba las redacciones de los diarios casi temerosamente para entregar sus artículos sobre política internacional sería capaz de llegar tan lejos en aras de alcanzar todo cuanto la vida le había negado?
Predicaba el socialismo abrazado de los clásicos del marxismo como si fuera una biblia. Más que un dirigente político parecía sacerdote o pastor evangélico.
Parecía incapaz de romper un plato. Nadie lo vio como adversario. Pasaba desapercibido entre los viejos dirigentes.
Su maestro lo escogió compañero de boleta porque lo creyó incapaz de hacerle sombra, como hizo con otros durante su dilatada carrera. El caudillo no tenía idea de lo que haría su pupilo para satisfacer todo cuanto la vida le había negado.
Ahora lo tiene todo en demasía. Ahora es el dueño de todo y hasta de todos. El país lo tiene dentro de un puño. Su índice marca el rumbo.
Sacerdotes, generales, abogados, jueces, fiscales, médicos, periodistas, empresarios, políticos, intelectuales, reinas de belleza, atletas, trabajadores, campesinos y amas de casa, proxenetas y prostitutas. Todos a sus pies.
Su palabra es palabra de Dios. Hoy dice una cosa, mañana otra. Mañana prometerá lo que prometió ayer. Es la rutina de todos los días.
Cree que su país debió ser otro, preferiblemente de Europa. Y por eso viaja con frecuencia. Los gastos los cubre la casa, que pierde y se ríe.
Pronto convocará un plebiscito o un referéndum para que su pueblo orgulloso lo declare rey de reyes y lo autorice para que inaugure una monarquía moderna.
Debemos sentirnos agradecidos de los sacrificios que hace este dios de la política por nosotros, infelices mortales. Deberíamos sacrificar a nuestro primogénito como tributo a su majestad, para que sienta nuestro amor y agradecimiento. Sería una manera sincera de desearle larga vida.
Y cuando muera, si es que muere, que gobierne, por cien años más, su hijo, Leonel Segundo. Y que siga la sucesión. ¡Amén!
¡Que Dios me oiga y el Diablo se haga el sordo!

