Este artículo se escribió antes de que el presidente de la república pronunciara su discurso en el día de ayer, en lo que fue su quinta rendición de cuentas y, sin dudas, la que más expectativas generó a partir de la difícil situación que a este y a muchos otros países se les ha presentado por el mayúsculo escándalo de mega corrupción que ha implicado el admitido caso de los sobornos llevados a cabo entre la constructora Odebrecht, los gobiernos de estas naciones y el sector privado, sin dejar de mencionar las obscenas sobrevaluaciones de las obras ejecutadas.
Es indudable que hemos ejercido una labor de cuestionamiento a las políticas públicas implementadas por los gobiernos del PLD y hemos denunciado la abdicación definitiva de los postulados primigenios de esa organización política, así como el ejercicio lastimoso del legado ético dejado por un líder de la dimensión de Juan Bosch.
Eso, lejos de ser desmentido o morigerado, es algo que ratificamos en toda su dimensión y que, incluso, no abrigamos mayor esperanza de que las cosas en ese sentido puedan dar un giro significativo.
Es demasiado extremo el lugar al cual se ha llegado y eso determina extraordinarias dificultades para lograr desandar pasos tan perniciosos. La ilusión estaría en que una corriente vigorosa y crítica de pensamiento se desarrollara en el PLD, y eso no se vislumbra ante el acomodamiento generalizado a lo establecido que ha terminado imponiéndose.
No obstante, no somos fanáticos compulsivos y nuestro amor por esta patria merecedora de mejor destino impide desearle mayores males.
Ojalá ocurriera un milagro y en el día de ayer se haya anunciado la transformación radical de los mecanismos con los cuales se han conducido las administraciones peledeistas, de manera particular en lo concernido a hacer producir las correspondientes consecuencias en los reiterados episodios en que el patrimonio público ha sido esquilmado sin piedad y nada ha ocurrido, salvo la exoneración de responsabilidad ante culpabilidades ostensibles.
Decir que escribo estas líneas con el pincel del optimismo sería mentir. Pero estoy abierto a reconocerlo si ayer se ofrecieron pruebas irrefutables de que ante la gravedad del momento, se derogará la nefasta decisión de no arrojar piedras al pasado, sin importar que impacten en compañeros de viejas faenas, decisivas para conquistar logros electorales. No importa.
La nación es prioridad. Eso, sería garantía de que tales victorias puedan reiterarse en el porvenir. El martes nos comunicamos.

