Los resultados de los comicios congresuales y municipales recién pasados han provocado múltiples puntos de discusión. En el ámbito municipal, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) y sus aliados, por un lado, y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y sus aliados, por el otro, se repartieron la hegemonía electoral. El desenlace es normal. Son las principales organizaciones políticas de la nación.
La gran sorpresa estuvo en el ámbito congresual. Los vaticinios de las encuestas y las declaraciones del Presidente de la República, doctor Leonel Fernández, sobre el avasallante triunfo, eran correctos. El PRD no obtuvo ni un senador. Es una novedad desde que se decapitó la sangrienta tiranía de Trujillo en 1961. El Partido Reformista Social Cristiano (PRSC) logró una senaduría, gracias al trabajo político de Amable Aristy Castro. El PLD ganó los restantes 31 escaños de la Cámara Alta.
Todos sabemos que la derrota siempre es huérfana de padre y madre. Estos ascendientes se suicidan o niegan su criatura desde el mismo instante en que nace. Los perdedores necesitan tiempo y espacio para justificarse y reagrupar fuerzas. En cambio, los ganadores no tienen que defenderse. La victoria posee padres carnales, putativos e inventados. Y le sobran los nuevos aliados. En toda batalla los vencidos tienen que morder el polvo con dignidad. Deben saber que además de soportar la derrota, sufrirán las humillaciones a que los someterán sus compañeros y también los adversarios. ¡Ay de los vencidos! Los vencedores con estatura de gigantes y sentido de la Historia, son magnánimos y humildes en su gloria.
El juego democrático impone que a las elecciones se va a ganar o a perder. Cada fuerza política usa con descaro o con prudencia los recursos que tiene a su alcance. Los comicios son una guerra política para sumar votos. En la guerra, como en el amor, todo se vale, dicen los pragmáticos. La ética y la moral fuera de la lucha política no aceptan que el fin justifica los medios. Pero en la práctica política, como en el fragor de la guerra, esa máxima de Nicolás Maquiavelo se impone. Los que tienen menos recursos o ninguna posibilidad de triunfo, levantarán los principios éticos y morales como medios de defensa o de justificación. La verdad, muchas veces, es dura y dolorosa, pero es la verdad.
La doble moral, tan expandida hoy día, lleva a muchos sujetos a condenar el hecho que los perjudica. Pero ocultan maliciosamente que están acostumbrados a cometer ese mismo hecho y que seguirían haciéndolo siempre que puedan sacar provecho de él. Por eso, en toda guerra, sin importar su naturaleza, sea con tiros o sin ellos, la verdad es la primera víctima. En la teoría, se suele moralizar. En la práctica, lamentablemente, cada uno hace lo que le conviene. Hay que aprender a leer la práctica mejor que los discursos. Debemos aprender a desconfiar. Así construiremos la democracia que necesita el pueblo.

