Los que consideran que en nuestro país existe o se está creando una dictadura constitucional dan como un hecho que el doctor Leonel Fernández, presidente de la República, es un dictador o tiene una vocación dictatorial que desea poner en práctica. Esos criterios son planteados con argumentos jurídicos y políticos dignos de mejores causas. No pocos intelectuales han realizado vuelos teóricos para justificar esas aseveraciones. Y, aunque se plantea dentro del actual proceso comicial, las conceptualizaciones están destinadas a trascender inevitablemente el bullicio de la campaña electoral.
Esto así, porque la existencia o fermento de una dictadura trastornaría los fundamentos esenciales de nuestra débil institucionalidad y, por tanto, la vida económica, social, política y jurídica del país quedaría gravemente afectada. Nadie en su sano juicio desea vivir bajo un régimen dictatorial. Los que propician esa locura, necesitan tratamiento siquiátrico. Solo una crisis económica profunda, la ambición desmedida e irresponsable y el desquiciamiento espiritual que producen los oropeles del poder crean las condiciones para que se instaure un gobierno de esa naturaleza.
Todo dictador hace un uso abusivo del poder. Viola los derechos fundamentales de las personas y desprecia la vida civilizada. El dictador aterroriza, roba, asesina y envilece la sociedad.
Sin embargo, no se puede hablar de dictadura constitucional como una desgracia. Resulta una antinomia. La dictadura criminal, la que debemos evitar siempre, no puede ser constitucional. Y si se crea una dictadura constitucional, entonces no sería abominable. Estaría dentro del orden jurídico y político establecido. Se supone que el pueblo dio su aprobación y que se debe a una circunstancia especial que requiere, por su carácter extraordinaria, de medidas urgentes y sin trámites legales. Los estados de excepción, contemplados en los artículos 262 y siguientes de la Constitución, apuntan en esa dirección.
Ahora bien, los que conocen la trayectoria y la personalidad del presidente Leonel Fernández saben que no tiene las condiciones para convertirse en un dictador. No porque le falte carácter o vocación de poder, sino porque su formación, tolerancia y hábitos se lo impiden. Leonel es un político que ama el intercambio de ideas y la concertación. Tiene preparación teórica y destreza discursiva que permiten persuadir. Y sabe que las personas son más efectivas cuando actúan por convencimiento que cuando lo hacen por miedo u obediencia ciega. Él sabe que dentro del orden democrático, con respeto de la Carta Magna y con los adversarios políticos que tiene es y será un político exitoso. No es inteligente pensar que Leonel busca conseguir con la fuerza y el descrédito de su figura histórica lo que puede obtener dentro del orden vigente y con prestigio nacional e internacional.
Leonel jamás sería un dictador. Constitucionalmente, ese régimen está prohibido.

