Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Los abogados dominicanos tienen un serio e irrenunciable compromiso frente a los cambios institucionales que demanda nuestra sociedad. Los hombres y mujeres de la toga y el birrete deben tomar conciencia del rol que están llamados a jugar en esta coyuntura. Son momentos estelares. Si los profesionales del Derecho dejan pasar esta oportunidad, nuestro pueblo y la historia les cobrarán muy caro su inconsciencia.

 En las cuatro últimas décadas del siglo recién pasado, los sociólogos, politólogos y economistas tuvieron una relevancia singular en los acontecimientos que adquirieron categoría histórica. Esos profesionales impulsaron cambios importantes. Hoy lucen apagados. Están fatigados. Lamen las heridas de sus frustraciones. El pluriempleo no los deja pensar. Se mantienen muy ocupados recolectando datos y presentando porcentajes para que politicastros engalanen sus discursos. Cedieron su espacio a cambio de migajas infamantes. Duele decirlo, pero es verdad.

 Los licenciados o doctores en Derecho que cumplimos funciones públicas podemos caer con facilidad en la tierra movediza en que están entrampados los sociólogos, politólogos y economistas. Basta que por pereza y parasitismo burocrático terminemos en la categoría de comecheques.

 Afortunadamente, los abogados en ejercicio tienen una realidad diferente. Ejercen el ingrato ministerio de pedir justicia como un oficio liberal. Ganan buenas sumas de dinero y tienen tiempo libre. No están obligados a ser subordinados. Son libres en sus actuaciones. Por eso pueden dedicarse a impulsar los cambios que la nación reclama con insistencia.

 Ningún egresado universitario conoce las reglas de juego de la sociedad como los abogados capaces. Ellos tienen rigor y profundidad en esos menesteres. Viven invocando las normas sustantivas y adjetivas que rigen el país. La defensa de los intereses que representan en cada caso impone que estudien día a día el sistema jurídico nacional.

El que conoce las reglas del juego tiene una gran ventaja frente a los que la desconocen o solo tienen nociones superficiales de ellas. Pero deben tener mucho cuidado. Los abogados corren el riesgo de convertirse en comejenes que viven del maderamen podrido.

 Ciertamente, así es. Sin embargo, la proclamación de la nueva Constitución, con sus luces y sombras, y la renovación del ordenamiento legal abren un espacio privilegiado para que los abogados se crezcan en el servicio al pueblo.

Deben convertirse en motores que impulsen el fortalecimiento institucional, el respeto a los derechos fundamentales y la creación del Estado Social y Democrático de Derecho. Los que no asuman el rol que les corresponde en esta época, deberán echarse a un lado para que pasen los que se atreven a ser consecuentes con los nuevos tiempos.

 Todos los abogados conocen los cambios que necesitamos para instaurar una democracia decente. No hay lugar para pusilánimes ni para guardianes del pasado. Manos a la obra.

El Nacional

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