El atentado cobarde y criminal perpetrado contra el brillante abogado y comunicador José Jordi Veras Rodríguez es una manifestación directa y desgarradora del estado de inseguridad en que vivimos. Cuando las bestias disparaban, los tiros impactaban a Jordi, a usted, amigo lector, y a todos los que habitamos en este país. El tiro que le atravesó el rostro, invalidándole el ojo derecho, también alcanzó la cabeza y el corazón de la sociedad dominicana.
Toda injusticia o mal que se cometa contra cualquier persona en cualquier parte del mundo, hiere en lo más profundo de su ser a los individuos sensibles y conscientes. Si ese atentado afecta a un ciudadano activo, que ejerce el criterio con la sana y responsable crítica social, como lo hace Jordi, entonces el golpe trasciende al individuo para destrozar lo más valioso y trascendente que puede tener una sociedad: el derecho a la vida, la libertad de conciencia, de expresión y de información.
Por eso las manos criminales que empuñaron el arma con que se disparó contra Jordi, y los posibles autores intelectuales de esa barbaridad, son la expresión de lo más bajo y despreciable que puede tener la sociedad. Ellos son la escoria humana. Viven en los antros morales y éticos más oscuros y putrefactos del medio en que nos ha tocado vivir. No son pocos. Son muchos y peligrosos. Se multiplican sin cesar frente a la impunidad. Y más si son protegidos por poderosos que no tienen conciencia nacional, social, ni política. Actúan como bacterias en un cuerpo social enfermo, raquítico y desamparado.
Los que han tratado a Jordi saben de su conciencia acrisolada, de su templanza, de su conducta intachable, de su espíritu humilde, de su irrenunciable compromiso con las mejores causas y de su arrojo y valentía para cumplir con su función social. El autor de esta columna lo conoce bien. Hemos tenido el privilegio de impartir cursos de postgrado en que Jordi ha participado con su ansia de conocimientos y de superación profesional. Él sabe que el deber supremo del individuo está donde pueda ser más útil, sin importar los riesgos ni consecuencias. Por eso se hizo abogado. Busca canalizar su sed y su hambre de justicia. Por eso es comunicador social. Quiere aportar a la sociedad su intelecto, criticar los males del país y propagar sus ideas y sentimientos más nobles.
Jordi alimentó su conciencia con la dignidad y el decoro en una sociedad en que muchos viven sin dignidad y sin decoro. No es casual, sino causal, la acción vandálica que le mutiló la visión. Pero él declaró que no lo detendrán en su accionar social. Su voluntad es superior a la fragilidad física. Jordi es coherente con sus ideas y con su deber social.
Las lágrimas del doctor Ramón Antonio (Negro) Veras, a raíz del atentado contra su hijo Jordi, fueron un grito social de la parte más sana de la nación, porque Jordi somos todos los que luchamos por una sociedad más justa y participativa.

