Los pueblos pobres, saqueados y dependientes del mundo tienen sobradas causas para vivir angustiados. Su aciaga experiencia les ha enseñado que la desgracia nunca llega sola. Siempre existe una fuerza que la empuja. Y se presenta con otros males para agravar la desdicha. Al dedo malo o herido todo se le pega.
Resulta sintomático que nuestras esperanzas de justicia social, progreso verdadero y democracia institucionalizada estén manchadas en todo momento por el pesimismo. Es una relación dialéctica de unidad, lucha de contrarios y negación de la negación. Pero también es el producto de la conciencia que tenemos del medio en que mal vivimos. Se caracteriza más por las miserias materiales y espirituales que por los valores y principios.
El pretendido destino manifiesto del coloso del Norte, que plantea la doctrina Monroe, renovada y maquillada, de América para los norteamericanos, cae sobre los pueblos de este Continente como las siete plagas de Egipto. Ningún gobierno que se respete, que aspire a darle dignidad y decoro a su pueblo, que ejerza el sagrado e irrenunciable derecho a la soberanía auténtica tiene un minuto de sosiego. Y el jefe de ese gobierno, en su condición de líder auténtico de la nación, padece en carne viva los coléricos rayos de un Júpiter tronante.
Ciertamente, así es. No hay descanso para ese jefe de Estado. Su país será agredido permanentemente con todos los recursos sutiles y brutales que tiene la potencia más terrible de la Historia. Cuenta con el apoyo de malos nacionales que unas veces sirven de cabeza de playa, otras de quintacolumna y otras de caballo de Troya. Y si el líder pestañea, pierde. Ningún organismo humano aguanta esas presiones por mucho tiempo. Enferma por el estrés que disloca los líquidos, células y mecanismos orgánicos o lo enferman de un balazo o con métodos secretos de guerra bacteriológica.
También debemos recordar que el ser humano vive bajo los dictados de poderosas fuerzas naturales y sociales que imponen sobresaltos y sorpresas. Nada resulta como se planea. Las personas proponen y las circunstancias disponen. Todo se modifica inevitablemente. Para bien o para mal, todo cambia. Una mente débil y supersticiosa afirmaría que estamos condenados a vivir aplastados. Las teorías del absurdo y el destinismo cobran cuerpo. La templanza y firmeza de carácter, la formación intelectual y la conciencia política pueden evitar ese sentimiento derrotista.
Los hombres completos viven y mueren luchando. Nunca se rinden. Los obstáculos y las crisis son desafíos. Hugo Chávez, el presidente histórico de la República Bolivariana de Venezuela, lo sabe. Declaró que tiene cáncer. Cincuenta y seis años de edad, con tanto por hacer y la perra Parca lo reclama. Tendrá que pelear con él. Es irreductible. Por ahora, vencerá. Salud, Presidente.

