La lucha de clases, afirmó Carlos Marx, el cerebro mejor amueblado de la Europa decimonónica, es el motor de la Historia. Muchos dicen que en la actualidad el motor de la Historia son los cambios tecnológicos. Nosotros afirmamos que la lucha por imponer el respeto a la Constitución es la única vía posible, en esta coyuntura, para lograr el fortalecimiento institucional de la sociedad. Sin ese fortalecimiento no hay garantías para el ejercicio pleno de los derechos fundamentales, ni de la seguridad jurídica, ni del progreso económico, social y político del país.
El constitucionalismo moderno, como conjunto de doctrinas jurídicas y políticas, aporta las bases teóricas para la transformación de nuestra sociedad. Eso deben saberlo todos los luchadores sociales y políticos. Pero no con el método de aprendizaje que lleva a memorizar citas que luego se repiten como cajas de resonancias y sin tener conciencia de las ideas expresadas. Tampoco para hacer gala retórica con la intención de impresionar en los salones o los pasillos. Y menos, como sucedió con muchos de nuestros izquierdistas, llenos de heroísmos y de vicios pequeño burgueses, que se preocuparon más por aparentar que eran revolucionarios que por hacer la revolución.
Más aún, no basta con aprender los conceptos ni con recitarlos, adornándolos con nombres de autores exóticos, como si fueran flores de invernaderos.
Es necesario que interioricemos esas enseñanzas hasta hacerlas parte de nuestro ser.
De manera tal que al momento de pensar, sentir, actuar y expresarnos surjan con la naturalidad del que ha reflexionado profundamente sobre el asunto.
Hasta el grado de que nuestra conducta sea guiada instintivamente por los valores, principios y cánones constitucionales.
Y esa reacción sea fundamentada con un conjunto de razones aprehendidas bajo el fuego de la criticidad permanente.
Sólo pueden convencer los convencidos y sólo pueden triunfar los que saben.
Así y sólo así podremos incidir profundamente en las transformaciones estructurales que las mayorías nacionales necesitan y merecen.
El constitucionalismo moderno, desde la declaración de derechos en Virginia (1776), hoy Estados Unidos de América, y la Gran Revolución francesa del 1789, tiene más de doscientos años aplicándose con éxitos en Norteamérica y Europa.
Hoy tenemos el constitucionalismo social para levantarlo como bandera.
Ese constitucionalismo fue impulsado por la revolución mexicana, con la Constitución de Querétaro en 1917, y la Constitución de Weimar, en la Alemania de 1919.
Podemos ir mucho más lejos que las simples declaraciones formales de derechos, división de los poderes del Estado, independencia del Poder Judicial y control constitucional de los actos de los poderes públicos y privados.
Nuestra sociedad necesita de la maduración del constitucionalismo y esto se logra con la lucha constitucional.
Así tendremos la sociedad decente a que aspiramos.

