Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

El obispo emérito de la Diócesis de Santo Domingo, Francisco José Arnaiz, ofició una misa con motivo del XIII aniversario de la designación de la mayoría del actual Pleno de la Suprema Corte de Justicia. El sermón no pudo ser más punzante, actual y verdadero.

Arnaiz es el intelectual más sobresaliente que tiene la Iglesia Católica dominicana en la actualidad. Posee  formación enciclopédica. Su consagración religiosa no lo inhibe al momento de expresar las ideas en las que cree. Aunque su verbo puede ser ríspido, sabe usar las palabras adecuadas para penetrar con elegancia en el tema que aborda. Es un formidable expositor.

Tocó el tema de la Justicia y puso el dedo en la llaga. Los jueces que asistimos al acto, y que conocemos la capacidad del prelado, no esperábamos menos. Pero otros que están acostumbrados a que se les diga desde el púlpito y los estrados lo que desean oír, elogios sin fundamentos, mostraron en sus rostros la sorpresa y el disgusto frente a las críticas vertidas. Esa manifestación involuntaria fue sustituida con rapidez por la fingida mansedumbre del feligrés compungido y adocenado.

Para monseñor Arnaiz, es inaceptable que en la administración de justicia existan jueces venales, corruptos y vagos. Solicitó su expulsión.

Una prueba de que pululan esas lacras de jueces es que hay muchos expedientes que tienen años sin que se dicten las sentencias correspondientes. Una justicia retardada es una justicia denegada.

Todos sabemos que hay asuntos en la Justicia que no se resuelven por cobardía. No quieren afectar determinados sectores e intereses. Prefieren congraciarse. Difieren la aplicación de justicia. Otras veces se trata de la más censurable vagancia. Se preocupan sólo por acumular el número de sentencias necesarias para aprobar la evaluación del desempeño que se realiza anualmente. Esas barbaridades se producen en todas las instancias del Poder Judicial.

Hay jueces que, individualmente, no incurren en esa práctica.

La piel de algunos se irrita al escuchar o leer esas verdades. Prefieren ocultarlas. Viven de la hipocresía y de la venta de la falsa imagen.

Saben barrer y esconder la basura debajo de la alfombra. Tienen jueces favoritos. Les soportan lo insoportable y hasta los promueven con descaro. Todos conocen esas verdades. Muchos las callan y otros las susurran en los pasillos.

Decirlas en voz alta, como ahora, es muy peligroso.  

Sabemos que las palabras del monseñor Arnaiz les causan urticaria. Pero no importa. El intelectual que no es crítico pierde su esencia. Se convierte en cualquier cosa, menos en intelectual.

El poeta universal Pablo Neruda tenía razón: las cosas no se arreglan nunca ni con el silencio ni con el olvido.  

El monseñor Arnaiz, como Antón de Montesinos, clamó por justicia.

Los indios de ayer son los desamparados de hoy.

Urge que se apliquen los cambios que consagra la nueva Constitución. Pasemos de lo formal a los hechos.

El Nacional

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