Constitución e ignorancia
La ignorancia corroe la conciencia de las personas. Actúa como un ácido sulfúrico. El ignorante es un enfermo crónico del alma, del espíritu y del cuerpo. Su mal es peor que el sida. Este flagelo sólo afecta el sistema inmunológico y destruye el cuerpo. La ignorancia lo ataca todo. Ella pulveriza hasta los valores éticos, morales y jurídicos.
En las sociedades atrasadas y dependientes como la nuestra, la ignorancia es un arma letal que emplean los sectores dominantes contra las grandes mayorías. Los dominadores del poder político saben que los ignorantes siempre son dóciles, manejables y corruptibles. Por eso les niegan la educación de calidad. Les enseñan lo necesario para que sean funcionales. A lo sumo, lo quieren como caja de resonancia, con recursos memorísticos y posibilidades de ser operarios. Así logran explotarlos más y mejor. Jamás les enseñan a pensar. Temen que sean críticos y rebeldes.
Nuestro sistema educativo obedece a una filosofía de dominación ideológica y de embrutecimiento. A los sectores dominantes no les interesa que el pueblo se eduque. Si esto sucediera la realidad social cambiaría radicalmente. Los titiriteros lo saben.
Una muestra de todo lo anterior está en la ignorancia de la materia constitucional que existe en nuestro país. Nadie crea que ese mal sólo se da en los simples hijos del pueblo, los hombres y mujeres de a pie. Creer eso sería un error garrafal. Esa ignorancia se manifiesta en todos los niveles, incluyendo profesionales universitarios. Es penoso decirlo, pero es cierto. La mayoría de los profesionales del derecho, sin importar que estén en funciones privadas o públicas, tienen una formación legislativa, con muchos baches de cultura general y muy pocas nociones constitucionales. En su pensamiento y acción privilegian la norma adjetiva frente a la sustantiva. Son decimonónicos.
Por eso, excepciones aparte, tienen mentalidad de empleados, de subalternos, de borregos. Son miedosos. No ejercen sus derechos fundamentales. Se incapacitan para defender los ajenos. Nadie da lo que no tiene. Pero hay que tener cuidado. Son rabiosos, prepotentes y desconsiderados. Su inconformidad interior y el vacío que sienten en el pecho los lleva a volcar su dolor sobre chivos expiatorios.
Afortunadamente, el pueblo tiene una sabiduría natural, que hereda del subconsciente colectivo. Gustavo Jung, el alumno más aventajado de Sigmund Freud, lo explicó. El pueblo conoce al cojo sentado y al ciego durmiendo. Instintivamente sabe lo que le conviene. No lo racionaliza en los niveles que quisiéramos, debido al estado de alienación en que los poderosos lo mantienen postrado. Pero acertó cuando reclamó el Tribunal Constitucional en la Consulta Popular, realizada con miras a la reforma de la Carta Magna. Será complacido por acuerdo entre las principales fuerzas políticas y sociales. Lástima que algunos, por ignorancia y conveniencias personales, traicionaron miserablemente al pueblo.

