Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

En nuestro país es costumbre que cada período institucional termine personificado. Recibe el nombre de quien dirigió. Así hablamos del gobierno de Santana, de Bosch, de Balaguer. Los metafísicos afirman que como es arriba, es abajo, y viceversa. Lo que se hace en lo más alto, se repite en los estamentos inferiores. Muchas veces con modalidades que no afectan lo esencial. Si la cabeza se desquicia, el cuerpo lo siente. Ojalá lo comprendan los gobernantes.

También en la justicia se habla de los períodos de la Suprema Corte de Justicia (SCJ) poniéndoles el nombre del presidente de turno. Dicen: la Suprema de Ruiz Tejada, de Chupani, de Contín, del último titular. Entonces, ahora podemos hablar de la Suprema de Germán, que es el primer apellido de Mariano, presidente actual.

El primero dejó su impronta de rectitud. El segundo fue permisivo. El tercero sentó cátedra. Y el último se endiosó y se creyó titular vitalicio, por ilusa vanidad que reflejó debilidad de carácter. Su gestión se distinguió por la prepotencia colegiada, excesos, abusos contra jueces y amiguismo. El magistrado y jurista Daniel Nolasco, con veinte años como juez, sin permitirle llegar a Corte, declaró con propiedad que la última gestión en la SCJ se caracterizó por “el cabildeo y el tráfico de influencias”. Es sabido que los premios y castigos se repartían según el servilismo mostrado y el miembro de la SCJ que apoyara. Muchas veces protestamos por escrito firmado y frontalmente contra esos desatinos. Tuvimos un honroso lugar en la lista negra.

En cambio, el magistrado Germán ha dado pruebas de que tiene formación jurídica, humanística e institucional. Dijo que no hay necesidad de presionarlo por aumento de sueldos. Él pelea diariamente para lograrlo. Además, declaró que respeta la Carrera Judicial y que el mérito será la garantía de los ascensos. Prueba de ello es que en las promociones recientes no se necesitó el enllave en la SCJ. Y para coronar su plena disposición a cumplir con su obligación de fortalecer la independencia y el decoro de los jueces, garantizó que ninguno sería llamado ni perseguido por el ejercicio de su función jurisdiccional. Ya era tiempo.

Los que conocemos a Germán, sabemos que es leal, honesto y sincero; tiene una vida frugal y sin hipocresía. No hay endiosamiento ni prepotencia en él. Respeta los derechos y la dignidad. Es confiable.  Treinta años de vínculos me permiten afirmarlo. Nadie se equivoque con él. No le tiembla el pulso. La suprema de Germán es y será un magnífico y buen ejemplo de gestión judicial. Así sea.    

El Nacional

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