El Derecho, como sistema jurídico que rige la nación dominicana, está siendo seriamente cuestionado por la delincuencia. Vivimos en un estado de inseguridad permanente. Los delincuentes se reproducen en proporciones geométricas. Son incontrolables. Las autoridades lucen impotentes para enfrentarlos. Y las personas padecen de paranoia o delirio de persecución. Sobran las causas.
Los que piensan que la delincuencia se elimina matando delincuentes son tan peligrosos como sus víctimas. Si las autoridades piensan así, son más perversas y violadoras de la ley que aquéllos.
Todos sabemos que la inseguridad es producto de la descomposición social en que vivimos. Nadie ejerce la delincuencia común porque un día se levantó de su cama y decidió atracar, robar y matar.
El sistema económico, social y político en que vivimos crea los delincuentes como los basureros generan moscas, gusanos y demás sabandijas. Es un sistema que funciona como una gigantesca pirámides de injusticias. En la cúspide están los poderosos, con su avaricia sin límites y sus privilegios irritantes. En el medio se mantiene un sector social que delira por ascender a la cúspide y vive aterrorizado por la posibilidad de descender en los niveles de vida. Su existencia es agonizante. Si no tienen conciencia social ni política, sus miembros son un azote. Viven sumidos en la inestabilidad y el soborno, la abyección y la traición. Ellos forman la denominada pequeña burguesía o clase media. Viven para consumir.
Y en la base de esa pirámide están las inmensas mayorías empobrecidas y desamparadas. No viven, sobreviven milagrosamente. Cada día aumenta su número. La pobreza social se incrementa. La miseria hinca sus feroces dientes sobre esas masas depauperadas. Ahí está el pueblo dominicano. Él sostiene con su trabajo y sufrimiento sin límite la pirámide de injusticia. Lo mantienen alienado y embrutecido para que no tome conciencia de su realidad. Los beneficiarios de esa iniquidad piramidal saben que su suerte depende de la ignorancia del pueblo. Todos constituimos la nación, pero no todos forman parte del pueblo.
Los que conocemos el Derecho, por ética debemos vivir con la frente abatida, avergonzados e indignados ante tantas injusticias. Los delincuentes son hombres y mujeres, muchas veces menores de edad, que no eligieron su destino. Son víctimas de la falta de oportunidades, de educación, de trabajo. Las injusticias sociales les niegan los derechos fundamentales que están reconocidos en la Constitución.
Siempre existirán los hechos delictivos. Pero cuando la sociedad es arropada por ellos, es la sociedad la que tiene que revisarse.
Una sociedad en falta frente a los derechos de sus miembros no tiene moral para castigar a nadie.
Los delincuentes son titulares de derechos, como cualquier otra persona.
Si el Derecho rigiera para todos por igual, la delincuencia sería controlada con facilidad por las autoridades. Nadie lo dude.

