Los que tuvimos la dicha de conocer al profesor Juan Bosch, somos privilegiados ante la vida. Claro que los que pudimos interactuar políticamente con el autor de La Mañosa y estudiar sus textos, nos impregnamos de su personalidad, carácter e ideas. Los que sólo han leído sus libros se enriquecieron con su intelectualidad y con una visión de su persona, si apreciaron las sutilezas escriturales.
Juan Bosch era un autodidacto, erudito y sabio. Poseía una cultura universal, enciclopédica. Conocía la psicología popular. Dominaba el arte y la ciencia de transmitir conocimientos. Fue influenciado por Duarte, Hostos, Martí, Bolívar, Kant.
Esa formación hacía de Bosch un ser humano especial. Amaba al pueblo. Era tierno y sincero en el trato personal. Sentía en carne propia cualquier injusticia que se cometiera contra cualquiera en cualquier parte del mundo. El amor que sentía por su patria lo llevaba a odiar, con un odio creativo, a los que la ofendían. Sabía que su vida no valía nada si no la ponía al servicio de los demás. Muchos abusaron de su generosidad. Fue víctima de las más deleznables injurias y difamaciones. Pero no permitió que su alma se amargara. Se cuidó de los resentimientos. Deslindó con claridad lo personal de lo político.
Bosch fue un libre pensador. Jamás practicó la autocensura ni la censura. Tampoco permitió que lo censuraran. Expresaba sus ideas con un estilo depurado. Creía que el libre juego de las ideas es una de las más hermosas expresiones del género humano y fundamento esencial de la democracia. Siempre respetó la disidencia. Doy fe y testimonio de ello.
En el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) se dieron varias situaciones muy delicadas con artículos que escribí. Fueron publicados en este periódico El Nacional. Por ejemplo, uno en que reconocía los méritos políticos de Virtudes Álvarez, otro en que planteé una alianza con Peña Gómez y otro que titulé Lecciones para Políticos. Más de una vez algunos compañeros pidieron mi cabeza como militante por mis ideas. Me hostigaron de la peor manera. Me plantearon un juicio. Creían que no debía escribir sobre Virtudes o el líder perredeísta y, con el tercero, que había criticado a Bosch. Designaron uno como comisario político o censor de lo que yo fuera a publicar. Me indigné. Rechacé sin miramientos ese despropósito.
Sabía que algunos de mis perseguidores eran termocefálicos. Temí lo peor. Visité al líder. Estaba presente mi admirado Diómedes Núnez Polanco. Le expliqué todo a Bosch y le entregué una copia de Lecciones para Políticos. Lo leyó o releyó lentamente frente a mí. Luego me dio una mirada limpia. Entre otras cosas, me puso la mano en el hombro y dijo: Compañero Ciprián, nunca permitas que otros dominen tu pensamiento ni tu expresión. Me marché de su casa con el alma estremecida y lloré en el camino.

