Opinión

Quintaesencia

Quintaesencia

Las últimas dos semanas de diciembre de cada año siempre se constituyen en tiempo de regocijo general. No puede ser de otra manera, y no queremos que lo sea. Es una época de reducir las tensiones y las frustraciones acumuladas durante los once meses recién concluidos. Parece que la navidad es una tregua en el combate. Hasta los enemigos y adversarios liman asperezas. Son muchas las causas que inciden para que eso suceda. Veamos algunas de ellas:

Primero, en países como el nuestro, la temperatura se refresca y crea un ambiente de bienestar. No tenemos el frío de Europa o Estados Unidos de Norteamérica. Es como entrar a un lugar con un buen aire acondicionado en tiempo de calor.

Segundo, renace la esperanza con la reunificación temporal de la familia. La llegada de los que, por múltiples causas, se ven obligados a vivir fuera del país durante todo el resto del año es un acontecimiento.

Tercero, la propaganda religiosa y política, por una parte, y la publicidad eminentemente comercial, con la proliferación de anuncios navideños, música de la época, el colorido y los bombillitos encendidos, por la otra, impulsan extraordinariamente el ánimo de la gente a festejar de manera especial el tiempo de navidad. La celebración del nacimiento de Jesús, como un hecho singular y de transformación, nos insta a revisarnos en todos los sentidos. Muchos son los que creen que deciden ese estado de ánimo. Pocos son los que tienen conciencia de la manipulación de que son objetos. Pero todos, unos más y otros menos, nos dejamos llevar por el apasionamiento colectivo. Sería peligroso que nos vieran como aves raras hasta en esta época de navidad.

Cuarto, el doble sueldo de diciembre que reciben los empleados y funcionarios públicos y privados redobla los tambores de las fiestas navideñas. Hay un respiro económico para muchas familias pobres que pueden comprarse una ropa nueva o cambiar algunos de los muebles de la casa. Hasta los desempleados se benefician, porque reciben, aunque en menor medida, las dádivas que producen los efectos de esa ilusión de abundancia económica.

Quinto, la llegada de un nuevo año es un momento propicio para renovar esperanzas y reiterar promesas incumplidas. Todos hacemos planes para el próximo año. Y esos planes abarcan la mejoría de la vida económica, social, espiritual y hasta política. Se espera un renacimiento general. Parece como si tuviéramos una segunda oportunidad sobre la Tierra. Quizás la oportunidad que el genio de Gabriel García Márquez le negó a la zaga de los Buendía en Cien Años de Soledad.

Y en ese ambiente de diciembre los demagogos hacen su agosto. Se presentan con grandes sonrisas, como si la felicidad les brotara de las tripas, ante los sectores más pobres. Son caricaturas del gordo y barbudo Santa, que sabe deslizarse furtivamente en los hogares donde deja sus regalos. Pero esos demagogos desean que se proclamen con bombos y platillos su presencia y su donación. Es un requisito imprescindible para que ellos actúen. No tienen interés en ser fraternos, filántropos o solidarios, sino oportunos hasta convertirse en oportunistas de pacotillas.

Esa es la verdad amarga de nuestra experiencia nacional. Lamentablemente, tenemos hacedores de pobres. Los producen en cantidades industriales. Luego se autosatisfacen con el otorgamiento de migajas navideñas.

Los gobiernos inescrupulosos, corruptos y sin sensibilidad social no se ocupan por implementar políticas públicas que generen la añorada igualdad de oportunidades, con salud, educación y trabajo adecuados y justamente remunerado. Todavía esperamos esas políticas públicas, como decían que los campesinos esperaban las aguas de mayo, para reducir verdaderamente las desigualdades sociales.

También los hombres y mujeres de empresas tienen su cuota de responsabilidad en la generación de riquezas y en el necesario equilibrio social. Lástima que muchos de ellos no se dan cuenta que pueden hacer mejores negocios y, por tanto, ganar más dinero si actúan en una sociedad más justa, al amparo de un estado de Derecho y con instituciones que funcionen como debe ser. La democracia no es una palabra hueca. Es un modo de vida social que debemos aprender. Cuando gobierno, empresarios y trabajadores vivan en democracia, tendremos mejores tiempos de navidad.

rafaelciprian@hotmail.com

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