Por Rafael Ciprián
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Dominicano o haitiano
Las relaciones entre el Estado dominicano y el Estado haitiano siempre han sido tensas, hipócritas y oportunistas. No hay paz verdadera, solo apariencias y ventajas inconfesables. Nadie se engañe creyendo que eso es nuevo. Sus raíces se remontan a los tiempos en que las grandes naciones europeas se repartían el territorio de Nuestra América, y El Caribe se convirtió, como certeramente lo dijo Juan Bosch, en una frontera imperial.
En el siglo XVIII y principio del XIX, cuando en la parte Oeste existía Saint Domingue, la colonia más próspera de Francia, y la parte Este correspondía a la provincia más atrasada de España, los naturales de ambos lados comenzaron sus enrarecidos vínculos. Allá, la explotación oligárquica era bestial. Los esclavos solo duraban siete años de vida útil. Eran objetos de producción, nada más. Aquí, la explotación estaba aminorada por la miseria, y entre amos y esclavos se daba una relación más patriarcal que oligárquica. Muchos amos comían junto con sus esclavos.
Cuando Haití se independizó de la patria de Napoleón Bonaparte, dio un ejemplo mundial. Realizó la revolución más compleja y hermosa de la historia. Desarrolló una guerra que al mismo tiempo fue social, racial, antiimperialista, antiesclavista y de liberación nacional. Los haitianos, con Toussaint Louverture a la cabeza, vieron la isla como una e indivisible. Y terminaron unificándola.
Boyer ocupó esta parte en el 1822. Aquí realizamos también nuestra independencia, el 27 de febrero de 1844. Pero no de Europa, ni de Estados Unidos de América, sino de Haití. Desde ahí hasta la fecha, somos dominicanos y ellos son haitianos. La raya de Pizarro fue trazada. No existe la nacionalidad dominico-haitiana. No hay tratado que lo permita.
Una gran parte de la nación dominicana arrastra atavismos y es medular e históricamente anti haitiana. Su fobia contra los descendientes de Dessalines es tan grande como su amor por los norteamericanos, por los españoles y por las naciones desarrolladas. En Haití solo ven miseria y frustraciones. Son las fuerzas más conservadoras.
Pero en Haití también hay una gran población anti dominicana. Piensan que tienen derecho a cobrarnos una deuda que no especifican. El atraso económico, el desorden social y el caos político que tienen lo quieren manejar a costa de los hijos de Juan Pablo Duarte. Y en esa tarea cuentan con el apoyo de países tan poderosos como los Estados Unidos de Norteamérica, Canadá y Francia. Las autoridades de estas grandes naciones anhelan la unificación de la isla. Así quieren disminuir sus culpas y resolver la inoperancia del Estado haitiano. Y nos tienen como ratones de laboratorio.
Ahora bien, la suerte está echada. La isla no está al revés, sino al derecho. Todos debemos tener claro que el Estado dominicano debe ejercer su soberanía y tiene también que superar su irresponsabilidad frente al control de las inmigraciones. Todo sin violar los derechos humanos. Así sea.
