Las calles enemigas
El pasado domingo, como a las seis y treinta de la tarde, terminé de leer la novela Las Calles Enemigas del dilecto amigo y laureado escritor Roberto Marcallé Abreu, y confieso que me sentí estremecido y hondamente preocupado. Quizás fuera más propio afirmar que mi espíritu cayó en un insondable abismo de inseguridades y agonías sin nombre. Mi respiración se entrecortó. Los ojos se me ensancharon. Una invisible pero poderosa mano me sujetaba el cuello. Sabía que mi cerebro reclamaba oxígeno para pensar, y solo atiné a soltar el libro sobre el escritorio de mi biblioteca. Y entonces pude inhalar el aire que me faltaba para darme cuenta, sin tener patología coronaria, que hay textos que no son aptos para cardíacos. “Las calles enemigas“ es uno de ellos.
No es para menos. Roberto Marcallé Abreu hizo de “Las calles enemigas” un gigantesco espejo que refleja con propiedad y descubre con severidad, igual que un escarpelo en manos del cirujano adecuado, la realidad de nuestro tiempo. Con esta gran obra ha lanzado un grito estético que alcanza altos decibeles artísticos. Es la metáfora del desorden social, del absurdo organizado, del caos con apariencia reglamentaria en que vivimos.
En las páginas de Las Calles Enemigas se manifiestan los arquetipos que causan los males que padecemos. Logra crear la atmósfera sombría de una ciudad que no tiene dolientes. La suciedad, la saturación del tránsito, la demagogia de los políticos, la inseguridad ciudadana, la indolencia de las autoridades y la prepotencia de los matones de turno dejan en el lector la sensación de que está vivo por milagro. Y lo hace con un estilo literario exquisito. El lenguaje que emplea es un torrente de palabras, una catarata que inunda los sentidos.
Jesús Altagracia, el personaje central de la novela, es un ser que vive aplastado por su realidad y yugulado por la sensación de inutilidad. Lo vemos dar tumbos por la ciudad, como un pobre Gregorio Samsa, pero sin la metamorfosis en escarabajo a que lo sometió Frank Kafka.
“ Las calles enemigas” tiene un narrador omnisciente, que desde la tercera persona nos va contando el universo novelezco. Informa: “Él, Jesús Altagracia, era un hombre de pocas palabras. No era así en otros tiempos. Los años vividos –se dijo- le fueron limitando –o liquidando- las ínfulas, el decir. Se le ocurrió que cierta amargura, en pequeñas dosis, como un veneno imperceptible, sutil, se le fue escurriendo en la conciencia. (…) Era la insatisfacción con su vida…”
“Las calles enemigas” fue ganadora del Premio de novela UCE 2012, a unanimidad del jurado que integraron los doctores Andrés L. Mateo, Manuel Núñez y Pura Emeterio Rondón. Tiene como hilo conductor la aciaga búsqueda del hijo de José Altagracia, víctima de la vorágine de la inseguridad ciudadana. Roberto Marcallé Abreu es un maestro de la narrativa. Es tres veces premio nacional de novela.
Leer “Las calles enemigas” es un maravilloso viaje a lo incierto.
Rafael Ciprián
rafaelciprian@hotmail.com
