Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

La indignación de nuestro gran historiador Roberto Cassá, de Luisa de Peña, del Museo de la Resistencia, de la Federación de Fundaciones Patrióticas y de todo aquél que la ha expresado o silenciado es justa y merece solidaridad y admiración, frente a los pronunciamientos de Ramfis Domínguez Trujillo,  nieto del dictador Rafael L. Trujillo Molina, sobre las bondades del régimen de su abuelo.

Todo el que vivió y sufrió la sangrienta tiranía, o la ha estudiado con método, sentido crítico y compromiso social e histórico, no puede dejar de asombrarse frente a la osadía de Domínguez Trujillo. El general Chapita no solo mató a los mejores hombres y mujeres de su tiempo y robó todo lo que pudo en vida, también malogró con su aciaga herencia sociológica las generaciones posteriores a su ajusticiamiento. Nadie que tenga un mínimo de vergüenza y conciencia puede negar esa verdad.

Pero tenemos que hacernos la más severa autocrítica como nación que a 51 años de la decapitación del oprobioso régimen no ha sido capaz de superar las prácticas trujillistas. Los gobernantes las han perfeccionado y adaptado. La mentalidad y los métodos de Trujillo están vigentes como si ese engendro del mal estuviera vivo.

Vivimos en una democracia falsificada, degenerada. No tenemos ciudadanos reales, sino formales. El Estado dominicano no cumple su función. Se limita a las apariencias y las manipulaciones políticas. Está enfermo del clientelismo y el patrimonialismo más perversos y degradantes. Al pueblo no se le reconocen derechos, se le otorgan dádivas, favores y limosnas para mitigar las lacras sociales que se ocultan. La mayoría de las personas vive sin moral, sin dignidad y sin decoro. El autorrespeto se fue de vacaciones para muchos sectores de la vida nacional. El recto actuar y el bien común brillan por su ausencia. Duele decirlo, pero es cierto. El inmenso poeta Pablo Neruda afirmó que los males no se arreglan nunca ni con el silencio ni con el olvido.    

En un panorama como ese no es extraño que el nieto de Trujillo encuentre espacio para promover a su abuelo. La sociedad actual es la mejor propagandista del régimen de terror y envilecimiento de los treinta y un años.

Ahora bien, debemos tener mucho cuidado con solicitar e imponer prohibiciones de derechos fundamentales en virtud de leyes adjetivas. 

Los derechos fundamentales están consagrados en la Constitución y no pueden ser prohibidos por leyes adjetivas. Ignorar esa verdad es reproducir a Trujillo. La libertad de expresión e información es un derecho fundamental. Está consagrado en el artículo 49 de la Carta Magna. Dice: “Toda persona tiene derecho a expresar libremente su pensamiento, ideas y opiniones…” No pone límites al trujillismo, ni discrimina. Ese derecho hay que respetarlo, aunque Trujillo no lo merezca. Debemos ser mejores que el Tirano.

El Nacional

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