Leonel, reformas y retrancas
El proyecto de reforma a la Constitución sometido al Congreso Nacional por el presidente Leonel Fernández, viene siendo objeto de los más duros cuestionamientos. Cualquier simple observador puede comprobar que el número de los críticos de esa iniciativa supera la cantidad de defensores. Por suerte, en asuntos de criterios y de la calidad de los planteamientos, el número carece de importancia. Muchos de los que deben defender la reforma guardan silencio.
La mayoría, en ocasiones, está del lado de la sinrazón. Por eso, es preferible quedarse en minoría o solo, si es necesario, pero acompañado de la verdad. Y esa verdad surge del razonamiento correcto y de la intención de beneficiar a la sociedad. Contrario a los equivocados, que siempre persiguen engatusar a incautos con sofismas y frases huecas y rimbombantes. Además, no les preocupa el bienestar colectivo. Su interés es particular y grupal. Nada más.
Es bueno aclarar que los opositores al proyecto de reforma no expresan la voluntad de las grandes mayorías nacionales. Son intelectuales que se representan a ellos mismos o están atrincherados en instancias que les sirven como plataforma para incidir en la vida social sin asumir serios compromisos.
Los equivocados en un debate se evidencian más cuando intentan mantener intactos los estamentos que exhiben agotamiento y retroceso. Sus posiciones son tan conservadoras que muestran el terror que sienten frente a los cambios.
Ninguna sociedad puede vivir anclada en el pasado. Los que tienen resistencia a los cambios muestran su compromiso con lo que debe ser transformado. Se preocupan solamente por el pasado y por su provecho personal en el presente. La suerte de la sociedad les tiene sin cuidado.
No obstante, en la democracia en que vivimos todos tenemos derecho a expresar libremente nuestros criterios. Es un derecho fundamental, consagrado en el numeral 6 del artículo 8 de la Constitución. Y ese derecho es irrenunciable e inconculcable.
El Presidente Leonel Fernández ha permitido que todos los sectores se pronuncien sobre su propuesta de reforma constitucional. Lo hizo con la designación de la Comisión de Juristas, con la Consulta Popular, con los foros de debate que se organizaron y con el tiempo que se ha tomado para que el Congreso Nacional, constituido en Asamblea Revisora, tome el control de la reforma.
Nadie puede ignorar que al Presidente Leonel Fernández le asiste el derecho constitucional de obviar todos esos espacios de reflexión y discusión sobre la reforma. Él pudo presentársela a las Cámaras Legislativas directamente, y no lo hizo. Más aún, el Partido de la Liberación Dominicana (PLD) en el gobierno, del cual es presidente también, controla la mayoría de los diputados y senadores. Esto le da innegable ventaja frente a las demás fuerzas. Y los votos que le faltarían para aprobar la reforma se pueden obtener con un mínimo de esfuerzo en ese sentido. El que dude de esta verdad no conoce la realidad social dominicana.
Sin embargo, el presidente Fernández se ha preocupado por abrir los espacios democráticos con la discusión y el debate sobre la reforma. Eso es meritorio. Y debe ser aprovechado para bien del país, no para que individualidades egoístas y anquilosadas saquen provechos espurios.
La reforma constitucional es una necesidad nacional. Tenemos que insertar el país en los nuevos tiempos. La ciudadanía tiene que sentir que sus derechos fundamentales están bien tutelados y protegidos por las instancias correspondientes. Y, en lugar de reducir esos derechos, estamos en la obligación de ampliarlos cada día. Lo demanda el progreso a que aspiramos.
Nada ni nadie puede ni debe convertirse en retranca de la reforma constitucional. De ella depende que avancemos en la construcción de un verdadero Estado Social y Democrático de Derecho. Hay que ser miope o insensible social para oponerse a esta aspiración del pueblo. Y lo prueba el hecho de que en la Consulta Popular la inmensa mayoría votó por la creación del Tribunal de Garantías Constitucionales. Nadie se equivoque con las esperanzas nacionales. El pueblo cobra caro las traiciones.
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