Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Don Álvaro Arvelo.-

Las declaraciones radiales que emitió recientemente Álvaro Arvelo, con las cuales fijó su opinión crítica sobre la figura histórica de Juan Pablo Duarte y Díez desataron los demonios que permanecen agazapados, como tigres al acecho, contra todo lo que huela al derecho fundamental, por su rango constitucional, de la libertad de expresión y difusión del pensamiento.

Ese derecho inalienable a la libertad de expresión está consagrado en el artículo 49 de la Carta Magna. Pero algunos prefieren ignorarlo. Se lo saltan con cinismo olímpico. Así nos mandan un mensaje más directo y claro que subliminal a todos los que hacemos opinión pública, para que sepamos que el Hermano Mayor, anunciado por George Orwell, en la versión más terrorífica de la era cibernética, nos vigila. Buscan imponernos la autocensura.

Y parece que los términos usados por don Álvaro, que reflejaron su indignación y rebeldía frente a la verdad oficial sobre el carácter, la personalidad y la actuación política y militar del patricio, calificadas por sus perseguidores como un lenguaje inadecuado, fue el pretexto para que actuaran como miembros del oscurantista y feudal tribunal de la Santa Inquisición. Con don Álvaro se puede estar o no de acuerdo, pero hay que respetarlo.

Poco les importa a los guardianes del rito o simulacro patriótico de fechas fijas, que no imitan en los hechos el legado práctico y teórico de nuestros héroes y próceres, que don Álvaro ha mostrado siempre un estilo intenso, responsable y vehemente para decir sus verdades. El estilo es el hombre, decía Bufón.

Nadie puede negar que el antiguo autor, en este diario, de la columna Cápsula es un formidable intelectual y comunicador social. Su fama le precede. Y no se arredra al momento de ejercer el criterio. Sabe que un verdadero intelectual tiene que poner ideas en circulación, aunque sean impolíticas; ser un crítico de las ideologías de época, desconfiar de las verdades del Poder y pensar con cabeza propia.

Lo primero que sufrió don Álvaro, por emitir su opinión sobre Duarte, fue una inconstitucional prohibición a usar los medios de comunicación de masas. Se le conculcó el derecho fundamental al debido proceso, que consagra la Ley Suprema, en su artículo 69.10.

Se condenó sin juicio previo. Y en un proclamado Estado Social y Democrático de Derecho. Luego llegaron las amenazas de acciones judiciales. Y lo satanizaron por las redes sociales con epítetos peores que los que él empleó con el líder de los trinitarios. Los censores de don Álvaro hacen contra él lo mismo por lo que lo condenan.

Pobrecitos: buscan castigar un presunto error con un yerro mayor.
Los medianamente informados saben que don Álvaro tiene ideas históricas definidas. Contrasta a Gregorio Luperón con Duarte. Es su derecho como ciudadano consciente y activo. No se le debe condenar por eso. Lo que se impone es debatir las ideas y trayectorias de nuestros prohombres, de forma democrática, pública y libre.

El Nacional

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