La historia de la República Dominicana está marcada por el irrespeto constante a la Constitución. Desde que nos declaramos Estado soberano, en el 1844, hasta nuestros días no hemos tenido un período de gobierno completo en que el Pacto Fundamental se haya cumplido. Hubo presidentes efímeros que soñaron con la democracia. Por ejemplo, Francisco Ulises Espaillat y Juan Bosch. Duraron lo que dura una cucaracha en un gallinero.
Tuvimos al general Pedro Santana como primer Presidente. Fue un hatero con delirios de poder; primitivo, sin sentido del respeto de los derechos humanos. Hizo constituciones a su imagen y semejanza. Persiguió, declaró traidores a la Patria y fusiló a los mejores hombres y mujeres de su época. Y terminó matando la República con la anexión a España en 1861. Buenaventura Báez, Ulises Heureaux (Lilís), Trujillo y Balaguer copiaron a Santana con ligeros matices de diferencia.
Desde la primera Constitución, la de San Cristóbal del 6 de noviembre de 1844, a la actual, 26 de enero de 2010, hemos producido treinta y nueve reformas a la Ley Sustantiva. Esa cantidad de revisiones es una prueba del desastre institucional en que viene navegando la nación.
Nuestro Estado no nació como consecuencia del desarrollo material y social de la época. Tampoco de una conciencia nacional. Fue el producto de la acción de un pequeño grupo de visionarios e idealistas, sin conciencia de clases, identificados como trinitarios. Y de otros sectores que carecían de conciencia política y social, como los hateros y afrancesados. Aquellos pecaron de ilusos y estos fueron oportunistas. El pueblo jamás ha sido tomado en cuenta como sujeto histórico.
Para un país que se organizó como República, bajo los influjos de las ideas liberales del siglo XIX, esa historia es una vergüenza nacional.
Sin embargo, los sectores dominantes del país no se preocupan por eso. Desconocen su historia. Y los intelectuales, en su gran mayoría, se entretuvieron narrando hechos y dando fechas para hacer una historiografía que no dice nada. Se caracteriza por la falta de criticidad, análisis profundo y razonamiento científico. Aprendimos algo de novela histórica o historia novelada sin sustancia aleccionadora. Da pena.
Esa práctica no es accidental. Es parte esencial del programa de alienación contra las grandes mayorías de la población. Es la manipulación política la que determina el discurso embrutecedor con que nos educan. Los pueblos que no conocen su historia, ignoran su pasado, están incapacitados para comprender el presente y no tienen idea de hacia donde van o deberían ir en el futuro.
Las violaciones a la Constitución, como un árbol del mal, hunden sus raíces en ese azaroso pasado. Y levanta su torcido tronco, con sus ramas raquíticas y sin verdor, en este presente amenazado. El presidente Leonel Fernández y el pueblo pueden comenzar a romper con la mala herencia de las violaciones constitucionales. Así sea.

