¿Somos una nación?
La interrogante que sirve de título a esta entrega periódicamente recorre como una fantasma el territorio nacional. Estremece las conciencias educadas del país y genera pavor en muchas mentalidades acríticas.
No puede ser de otra manera. Esa pregunta cuestiona las bases conceptuales en que se fundamenta la historiografía tradicional. Además, remueve pedestales. Los héroes menos contaminados se tambalean peligrosamente en el filo de la navaja analítica. Los personajes espurios, los que no tienen méritos propios, y que usurpan una categoría histórica por conveniencias particulares o por pactos entre grupos hegemónicos de épocas, caen de los altares y ruedan por el suelo como guanábanas podridas.
Ese fantasma está sonando sus ruidosas cadenas desde hace mucho tiempo. Por períodos parece que se apacigua. Pero sólo lo hace para acumular energía. Luego resurge con más fuerza. Entonces hay que prestarle atención especial. De los efluvios que va regando depende la visión que tengamos de nuestro pasado, presente y futuro. Y esto es esencial. Recordemos que los pueblos que no conocen su historia, repiten sus errores. Más aún, la ignorancia del pasado vuelve ciego el presente y anula la apropiada construcción de un porvenir promisorio.
Muchos intelectuales, que se inscriben en la corriente del pesimismo dominicano, nos ven como un conglomerado humano que no merece la categoría de nación. Nos conciben como un conjunto de hombres y mujeres que se caracterizan por la inmadurez, pereza, haraganería, ignorancia y la falta de inteligencia. Afirman que nuestra conducta está determinada por esas taras y carencias. Así ha pensado la mayoría de nuestros jefes de Estado, y así nos han tratado.
Para comprobar la base teórica de esas concepciones, pensemos en don Narciso, el padre de Francisco del Rosario Sánchez, miembro de la trilogía patriótica, cuando le dijo: Convéncete, Francisco, hijo mío, éste será un país, pero nación nunca. Hasta el ilustre Américo Lugo reprodujo este concepto. José Ramón López nos calificó como un pueblo de ayunadores. Francisco Moscoso Puello hizo la crítica, con ácida ironía, a los vicios sociales. Muchos tomaron sus planteamientos como afirmaciones. Y ni hablar de Arturo Peña Batlle o Joaquín Balaguer. Las heridas siguen sangrando.
Nos reconocieron el rango de nación cuando deseaban adularnos. Lo hacían desde el poder o al servicio del poderoso para manipularnos a su antojo. Creían y siguen creyendo sus herederos que somos imbéciles. Piensan que pueden regalarnos un caramelo para entretenernos y engañarnos. Aprendamos a desconfiar.
Es cierto que todavía no somos una nación con plena conciencia de su papel histórico. Prueba de ello es que no contamos con un plan nacional que oriente lo que seremos a corto, mediano o largo plazo. Falta la clase social gobernante que lo trace. Sólo tenemos sectores dominantes y un pueblo heroico, pero frustrado. Si queremos avanzar, empujemos.

