Muro fronterizo
El presidente de la República, ciudadano Luis Abinader, tomó la decisión de concluir definitivamente el muro que nos separará físicamente de la llamada República de Haití.
Aclaramos aquí que no estamos seguros de que en Haití exista una república, porque las instituciones no funcionan; ni que tengan un Estado, debido a que no posee el monopolio de la violencia organizada e institucionalizada, y es notoriamente fallido; ni que allí funcione una nación, en razón de que más bien es un conglomerado humano en desorden. Y lo dejo ahí para no cansar.
Con semejante decisión, llevada a la práctica sin hipocresía y con la osadía que requieren las políticas públicas que están dirigidas a salvaguardar la integridad territorial y la seguridad nacional, el presidente Abinader se distingue de los jefes de Estado precedentes.
La materialización de ese muro ha sido una petición de muchos sectores nacionales. Hay que admitir que el doctor Marino Vinicio (Vincho) Castillo Rodríguez, con su tropa en la Fuerza Nacional Progresista (FNP), y sus oficiales Vinicio, Pelegrín y Juárez Castillo Semán se llevan la corona en esa reclamación.
Son diversos los grupos sociales, principalmente los que se auto consideran izquierdistas, que se oponen a la construcción de ese muro. Entienden que es la expresión de un nacionalismo peligroso, falto de humanidad y que no reconoce los aportes a la economía que hace la inmigración haitiana.
Además, esos sectores están convencidos de que en el mundo deben derribarse los muros de los países. Pero ellos levantan muros en sus viviendas para separarse de sus vecinos.
Más aún, los muros que separan a los pueblos, los ven como expresiones nazis o fascistas o falangistas. Pero apoyaban el muro de Berlín, y lloraron cuando fue derrumbado. También olvidan que Estados Unidos de América y Europa, que se autoproclaman el mundo libre y campeones de la democracia, están levantando muros.
Para comprobar esa verdad, basta con ver el muro norteamericano para cerrarle el paso a los mexicanos y los muros españoles y de otros países del Viejo Mundo, para detener las migraciones de los africanos y demás flores aromática.
Todo nacionalismo extremo, por la xenofobia, racismo y complejo de superioridad que genera es tan malo como el liberalismo sin restricciones. Lo ideal es el patriotismo bien entendido.
En nuestra época, marcada por la globalización, la liberalización de los mercados y el desarrollo tecnológico, que han convertido la Tierra en una aldea, como nos dijo Marshall McLuham, las mercancías se pasean libremente por el mundo, pero las personas no.
Recuerden que vivimos en el triunfo del capitalismo, en que los intereses son predominantes, y no en el humanismo, en que el ser humano sería lo importante.

