Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Constitución y trujillismo

La Constitución, como norma suprema y fuente primigenia de los derechos ciudadanos, garantiza que las personas puedan vivir en un marco de respeto mutuo y de pleno ejercicio de las prerrogativas que les son inherentes por su sola condición de seres humanos. El orden institucional crea el clima social necesario para que se cumpla esa aspiración. El Estado Social y Democrático de Derecho sería una palabra hueca y vacía, si permite que se violen los derechos sociales e individuales.

Por eso es que el principio de la supremacía de la Constitución, consagrado en su artículo 6, impone la nulidad de pleno derecho, esto es, inexistente, a toda ley, decreto, resolución, reglamento o acto que sean contrarios a la Carta Magna.

No puede ser de otra manera. El Pacto Fundamental es la expresión político-jurídica de los factores reales de poder de la sociedad. O sea, que las fuerzas políticas, sociales, económicas, militares, religiosas y culturales predominantes están representadas en él. Los debates que se producen, como paso previo para aprobar su texto, revelan la lucha de poderes y los deseos que cada uno tiene de imponer su hegemonía. Sus intereses, con los desniveles que resultan de la coyuntura, son protegidos por la Ley Sustantiva. Es inevitable que sea así.

Ahora bien, la Constitución es un pedazo de papel cuando los factores reales de poder no se sienten representados en ella. Así lo afirmó el célebre jurista alemán Ferdinand Lassalle. Joaquín Balaguer lo repitió como si la frase fuera suya. Y es un pedazo de papel porque es violada sin miramientos por esos sectores. La Justicia se convierte en un mercado persa. Los comerciantes se vuelven agiotistas. La dignidad y el decoro de los hombres y las mujeres son pisoteados. Las protestas populares se incrementan asombrosamente. El Estado, con el monopolio de la violencia concentrada de la sociedad, ejerce la represión más brutal contra los elementos críticos y activos de la nación. Entonces la institucionalidad y la democracia pasan a ser ilusiones vanas.

Y en ese panorama sombrío renacen, como aves del mal, los métodos que impuso el tirano Rafael Leonidas Trujillo Molina durante su satrapía de 31 años. Trujillo infectó la conciencia de la nación dominicana. Todavía sufrimos las consecuencias. Muchos de los que ejercen niveles de poder en nuestro país se transforman tan pronto llegan al cargo. Se convierten en trujillistas prácticos. Odian las críticas y aman la intolerancia; odian el diálogo y la concertación, pero aman la imposición; odian el comportamiento digno porque exigen adhesión incondicional, hasta llegar a la abyección; odian el espíritu libre y sólo aman la esclavitud del alma.

Todos los que se oponen al ejercicio de los derechos dentro del orden constitucional, consciente o inconscientemente, reproducen los métodos trujillistas.

El Nacional

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