Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

La República Dominicana necesita una Revolución, con mayúscula, por su trascendencia y profundidad verdaderas. Ese proceso no debe malograrse con cambios de caras, maquillajes en el discurso y más de lo mismo en la práctica. No puede ser de remiendos. Ni de imitaciones torpes y acríticas de experiencias ajenas. Tenemos que comprender la realidad y ajustarnos a nuestras especificidades sociológicas. Pero con plena superación de las taras ideológicas, los atavismos históricos y las retrancas políticas, económicas, sociales y jurídicas que convierten al pueblo en un frustrado conglomerado humano.

 En toda nuestra vida republicana no hemos actuado como nación. Nuestra historia está preñada de aspiraciones nobles y de luchas heroicas que terminan en miserables fracasos. Desde que Juan Pablo Duarte maduró la idea de nación independiente, y mucho antes, estamos dando tumbos y atajando para que otros enlacen.

 Para comprobar esa dolorosa verdad, basta con recordar al esclavista Núñez de Cáceres. Mal planteó la independencia de 1821. Luego se rindió vergonzosamente ante las tropas haitianas dirigidas por J. P. Boyer. O a Duarte y los trinitarios en el 1844, con su proyecto de Estado burgués, que fue desnaturalizado por las fuerzas hateras, comandadas por el general Pedro Santana. Éste gobernó como quiso, asesinó a sus adversarios y hasta declaró traidores a la Patria a los que paradójicamente hoy son padres de la Patria. Los hateros fueron el residuo social de los esclavistas. Cuando Santana perdió el apoyo interno que lo mantenía en el poder, anexó la República a España en 1861. De Jefe de un Estado pasó a ser gobernador de provincia con título nobiliario. ¡Qué vergüenza!

 La Guerra de la Restauración aniquiló en el 1865 la Anexión a España. Fue un ejemplo de combate social integrado. Pero desató las ambiciones de incapaces, caciques, tiranuelos y aventureros. Sembraron el caos en la Segunda República, que fue asesinada por la ocupación militar norteamericana del 1916. La lucha continuó.

A partir del 1924, con la evacuación de los yanquis, nace la Tercera República. Se prolonga hasta hoy. Está llena sangre, con Trujillo y Balaguer; de heroísmos frustrados, con la Gesta del 1965; de miserias, corrupción y lágrimas, con los demás gobernantes.

 Esa bochornosa realidad tiene que ser transformada. Debemos hacer cambios sustanciales. Es tiempo de una Revolución auténticamente democrática. Logremos que el gobierno sea del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, como dijo Lincoln. No será fácil. Pero no es imposible.

Los descreídos, pusilánimes y frustrados que se echen a un lado. Esa Revolución puede comenzar con la nueva Constitución (2010). Ella permite más cambios que los que muchos piensan. Si la aplicamos como debe ser, estallará una alborada que parirá una nueva y gran coyuntura histórica. Aprovechémosla.

El Nacional

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