Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

El caso del juez español Baltasar Garzón es un fantasma aleccionador e intimidante que recorre el mundo. La condena a once años de inhabilitación que le pronunció el Tribunal Supremo de su país por una presunta prevaricación es un terrible mensaje para los jueces de todos los países. La influencia es inevitable. Los magistrados tomarán esa experiencia como una espada de Damocles que penderá sobre sus cabezas permanentemente. Nadie la olvidará.

Baltasar Garzón dictó la resolución que sirvió de pretexto al Tribunal Supremo para condenarle. Buscaba facilitar el proceso de investigación de actos de corrupción pública de que estaba apoderado. Esa decisión fue avalada por la fiscalía y otros jueces. Pero ninguno de estos funcionarios judiciales fue procesado. Parece que la complicidad no es culposa frente a un delito calificado cuando se trata de sancionar a un juez que se hizo incómodo por sus actuaciones. Está claro: el objetivo no fue castigar un supuesto error voluntario, que puede violar normas penales, sino separar del cargo y descalificar a quien se atrevió a remover heridas que aún sangran en la conciencia de la sociedad española. Por eso no había que incluir a otros. Bastaba con el culpable favorito. Los protegidos privilegiados son intocables. Y mientras más pusilánimes, serviles, mediocres e incapaces sean estos, mejor para los malos superiores.

Semejante práctica es vieja y socorrida. Todos los que tienen poder y lo ejercen sin ética y sin respeto por los derechos fundamentales de los demás, cometen esas barbaridades. Nuestra Suprema Corte de Justicia, que por fin fue renovada, cometió excesos similares con la misma actitud de “Isabel viendo llover en Macondo” (G. García Márquez).

  La desgracia del honorable Baltasar Garzón no consistió en la autorización que dio para escuchar las conversaciones telefónicas de los abogados vinculados a los inculpados en la corrupción estatal que investigaba. Ese no fue el problema básico. Lo que no le toleran es la hidalguía, el coraje, la valentía y la insobornable actitud de hacer justicia contra los poderosos. Los dioses terrenales no le perdonan que accionara judicialmente contra el general Augusto Pinochet, dictador chileno que asesinó el orden constitucional de su país y la esperanza de los humildes del mundo y de la patria de Pablo Neruda. Garzón quiso aplicarle la justicia sin fronteras. Eso es sentar un mal e inaceptable precedente.

Tampoco podían soportarle que pretendiera juzgar los crímenes que se cometieron durante la dictadura de Francisco Franco en España. Esos hechos tienen causantes y dolientes con poder. Estremecerían la sociedad.

Esos casos dieron prestigio y notoriedad internacional al juez Baltasar Garzón. Pero también despertaron, por una parte, envidias y egoísmos entre sus pares y, por la otra, fuertes rencores de los señores del poder español e internacional. El caso está claro: a Garzón no le aplicaron justicia, sino venganza.

El Nacional

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