Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Los dominicanos, en su inmensa mayoría, viven aterrorizados por el auge de la delincuencia. Y una escasa minoría estamos temerosos por la falta de seguridad ciudadana. Nadie con un mínimo de información y que tenga un sano juicio puede asegurar que no será víctima de una acción vandálica en cualquier momento. Poco importa que esté en su casa o fuera de ella, como quiera se sentirá perseguido o acechado por el criminal que podrá acertarle el golpe. Al paso que vamos, pronto seremos un pueblo de paranoicos sin remedio.

 Muchos se preocupan por los rateros o delincuentes de poca monta, los que arrebatan celulares y prendas. Otros centran su atención en los asesinos motorizados que no tienen miramientos para usar armas de fuego contra sus víctimas. También nos quitan el sueño los hombre-araña, que penetran a las casas habitadas, de día o de noche, ni que tengan que escalar, forzar o romper puertas o ventanas para lograr sus objetivos.

 Además, existen los delincuentes sofisticados. Se valen de las tecnologías más avanzadas para perpetrar sus fechorías. Juntos a ellos van los que se especializan en fraudes que legalizan con asesoramiento de abogados. Son especialistas en el robo de propiedades inmobiliarias y en estafas comerciales.

 Otro tipo de azote social, tan ratero de alma como sofisticado en su actuación, lo podemos encontrar en la administración del Estado. Son los denominados de cuello blanco. Saben nadar y guardar la ropa. Tienen maestría en poses. Poseen alma de corsarios y actúan como piratas. Se sienten autorizados por el nombramiento para malversar fondos públicos y están convencidos de que el cargo es una oportunidad para hacerse rico, y que serían unos tontos si la desaprovechan. La parte más podrida de la sociedad les da la razón. Les reclama que se aprovechen, porque la posición no será para siempre.

 En nuestro país, el que menos corre, vuela. Parece que estamos podridos hasta los tuétanos. No es exagerado afirmar que los dominicanos vivimos sitiados por la violencia delincuencial y la corrupción administrativa. No es accidental que el Índice de Competitividad Global del Foro Económico Mundial nos calificara como el país más corrupto del mundo. Le bastó con evaluar a 144 naciones, y nosotros ocupamos el número 144. Tenemos que revisarnos, autocriticarnos y superar nuestras debilidades.

 Vivimos en una sociedad de consumo. Cada uno desea vivir con niveles que están por encima de sus posibilidades reales. Aquí se privilegia la apariencia y la ostentación por encima de los valores y las virtudes de las personas. Vale más el amiguismo y el padrinazgo que la capacidad, idoneidad y responsabilidad.

 Nuestra sociedad se desintegra. Nadie se siente seguro. La Iglesia está en manos de Lutero. Nos hundimos en un pantano social. Hay que hacer algo que revierta esta situación.

El Nacional

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