Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

El Domingo de Resurrección es un día especial para la cultura religiosa hebrea. Los dominicanos y la mayoría de los pueblos occidentales reverenciamos por tradición los valores de esa cultura. La pasión de Cristo se conmemora como un hecho universal. Fue perversamente perseguido, mal acusado y peor juzgado. Lo condenaron a una muerte infamante. La hicieron cumplir sin piedad. Se considera que Cristo resucitó al tercer día de su dolorosa crucifixión.

El Nazareno fue tan grande que dividió la Historia en antes y después de él. Sus enseñanzas son hoy, en tiempos de capitalismo salvaje y globalización, más necesarias que en cualquier otro tiempo. Pero están tergiversadas y olvidadas por los mismos que dicen seguir su doctrina.

 Son tantas las sectas religiosas que se han desprendido del cristianismo que muchos no saben con certeza en cuál creer. Cada interpretación doctrinaria ha generado un modo de pensar y de sentir las palabras de quien trajo el supremo mensaje del amor. Los católicos y protestantes son mayoritarios. Pero la prédica verdadera de Jesús todavía está pendiente de ser practicada. Muchos de sus seguidos se han quedado en la retórica hueca y vacía. 

 La hipocresía se ha impuesto en el cristianismo. La mayoría de los religiosos se escudan en la Iglesia para trepar social y económicamente. Practican sus vicios más aberrantes detrás de las cortinas que ciegan a los creyentes. Para comprobar esa verdad, basta con pensar en las grandes fortunas que se acumulan gracias a los servicios del púlpito y a las prácticas socorridas por parte de sacerdotes y otros jerarcas eclesiásticos de pedofilia o abuso sexual de menores de edad.

   Para los verdaderos devotos esos hechos son inadmisibles. Hay fanáticos que se atreven a dudar de su existencia. Algunos se escandalizan con toda razón. Sin embargo, para los que ven en la Iglesia el nicho ideal para ejercer poder económico, social y político con un mínimo de riesgos y esfuerzos, procuran justificar esas aberraciones como simples debilidades humanas. La ocultan como la basura que se mete debajo de una alfombra de terciopelo rojo. Hasta el Papa Benedicto XVI tuvo que tronar ante tanta podredumbre y tantos silencios cómplices. Los culpables serán trasladados a lugares lejanos, donde no los conozcan. Así bajarán la presión de la opinión pública. Algunos recibirán año sabático.

Con el tiempo, sin ningún género de dudas, esos sacerdotes corruptos volverán a sus andadas. Cualquiera que conozca el abc del comportamiento humano lo sabe. Serán más discretos. Las víctimas tendrán que vivir con sus traumas. Esperarán con la sed del Sermón de la Montaña la justicia terrenal que no llegará.

 El hijo de María y José es crucificado todos los días por los farsantes, hipócritas y comerciantes de la fe cristiana. Son el Sanedrín moderno. Y son los mismos que Jesús calificó de sepulcros blanqueados y nidos de víboras. El Cristo redivivo los acusa.

El Nacional

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