RAFAEL CIPRIAN
El concepto técnico, jurídico y político de Estado de Derecho ha sido abordado por todos los grandes pensadores modernos. Además, y como comedia o como tragedia, ese concepto también es usado por políticos de pacotilla que no tienen idea de lo que significa. Lo repiten porque les suena bonito. Otros, con más formación académica e intelectual, lo emplean con plena conciencia de su connotación y alcance. Hasta llegan a exigirle al gobierno que respete y se someta a los principios del Estado de Derecho. Pero en la práctica niegan lo que reclaman.
Los malos políticos, desde la oposición, plantean la necesidad de que la sociedad viva bajo el Estado de Derecho. Sin embargo, cuando alcanzan el poder olvidan el contenido de sus discursos. De idealistas pasan a ser oportunistas. Y se creen realistas, porque ahora comprenden que las posibilidades de realización no son las mismas que veían antes, y pragmáticos, debido a que hacen lo que pueden, siempre que no implique mucho esfuerzo ni sacrificio. Para tranquilizar el remordimiento de conciencia, repiten que la política es el arte de lo posible. Nada más. El pueblo, sabio como siempre, suele retratarlos con la expresión de que una cosa es con guitarra y otra, con violín.
Cuando vemos a esos políticos sin trascendencia actuar, exhibiendo su prepotencia, su vocación atropelladora, su inclinación a cogerse lo ajeno y su desprecio por el orden, sabemos que para conocer a Mundito sólo hay que darle un carguito.
Ellos suelen repetir como papagayos el concepto de Estado de Derecho. Pero no pueden interiorizarlo. Jamás lo hacen parte de su modo de vida.
La sociedad que funciona bajo el Estado de Derecho somete a todos sus miembros al orden constitucional y legal establecido. Nadie puede estar por encima de la Ley, entendida en sentido amplio. Y los que se atreven a infringirla, sin importar que sean gobernantes o gobernados, pagan caro su error.
Nuestra sociedad no vive en un Estado de Derecho verdadero. Lo que tenemos es una caricatura de Estado de Derecho. Se aparenta, con la hipocresía olímpica de que son capaces ciertos señores, que el orden jurídico rige para todos. Y aunque saben que nadie les cree, siguen fingiendo porque ya es parte de su naturaleza.
Sólo cuando los sectores dominantes se conviertan auténticamente en gobernantes podremos disfrutar del Estado de Derecho. Esto así porque los sectores dominantes son ignorantes y egoístas. No conocen la función que deben jugar en la sociedad. Usan el poder que tienen para sacar beneficio individual o grupal, acumular riquezas espurias, disfrutar de privilegios irritantes y maltratar a los que no forman parte de su círculo. Y lo hacen con un desprecio al orden jurídico que da miedo. En cambio, los sectores gobernantes sí conocen su rol. Tienen conciencia política y social. Respetan el Estado de Derecho. Se someten a las leyes. Cuando éstas no les convienen, las derogan o modifican en lugar de violarlas. Así envían un mensaje de orden y respeto a los gobernados. No son santos en la tierra. Ellos usan el poder para beneficiarse. Pero lo hacen guardando las formas y tratando de resolver los males sociales. Se legitiman ante la mirada del pueblo. Hasta deciden ganar menos si con eso benefician a la colectividad.
el Estado de Derecho no es una expresión hueca. Es una manifestación concreta de la democracia participativa. Y el Estado legal de Derecho hay que elevarlo al Estado constitucional de Derecho.
Para instaurar el auténtico y urgente Estado de Derecho en nuestra sociedad, necesitamos la creación de una jurisdicción constitucional especializada e independiente. Poco importa que se denomine Sala Constitucional o Tribunal de Garantías Constitucionales. Lo importante es que tenga competencia para decidir, por encima de los poderes públicos y privados, sobre la violación a las normas y principios del Pacto Fundamental.
Nadie puede ni debe confundirse. Las sociedades progresan cuando viven bajo el Estado de Derecho, y éste sólo funciona donde existe un Tribunal Constitucional.
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