La terrible ola de delincuencia y violencia que está azotando a los dominicanos tiene una causal tan evidente que muchos no pueden verla. Peor aún, una minoría de opulentos no quiere darse cuenta de ella ni la admite. Saben que una vez que lo hagan, se autoincriminarán. Todo el mundo sabrá su grado de culpabilidad. Y su capacidad de indolencia hacia el sufrimiento ajeno quedará descubierta. Por eso elaboran teorías hueras y huecas para justificarse.
Es cierto que en buen Derecho a nadie se le puede obligar a declarar en su contra, conforme al artículo 69.6 de la Constitución. Y eso hay que respetarlo, nos guste o no. Sobre todo porque los derechos, contrario a como piensan los fundamentalistas, existen para ser ejercidos y respetados. No solo cuando nos corresponden y nos favorecen, sino también cuando corresponden a otros y nos perjudican. Así se fortalece el Estado Social y Democrático de Derecho en que pretendemos vivir, según el mandato del artículo 7 de la Carta Magna. Pero el derecho a no declarar en su contra, no justifica el mal que causan.
Son muchos los que sufren y se quejan del alto grado de violencia. Hasta hacen planteamientos estridentes. Invitan a las autoridades para que eleven el nivel de violencia contra los delincuentes. Persiguen oponer a la escalada de violencia de los delincuentes la escalada de la violencia oficial. Y hasta aplican la Ley del Talión: ojo por ojo y diente por diente. Pero olvidan que Gandhi nos enseñó que si aplicamos el ojo por ojo, terminamos quedándonos ciegos todos. De lo que se trata no es de ajustes de cuentas, sino de justicia institucionalizada.
Hay que aplicar justicia, conforme al Derecho, a los delincuentes y a los culpables de que la delincuencia siga creciendo como un río desbordado.
Ningún joven es delincuente porque un día decidió serlo. Delinque cuando no ve ni tiene oportunidad de desarrollarse dentro del orden socio-jurídico. Él es responsable de sus hechos, pero hay culpables identificables e identificados.
La causal esencial del auge de la delincuencia y la violencia que nos yugulan está en la injusticia social, en la falta de educación y de oportunidades. Es, en síntesis, el sistema que condena a la inmensa mayoría a vivir en la miseria, el embrutecimiento y la alienación. Sobreviven asfixiados por las necesidades básicas y, como si fuera obra de un genio sádico y cínico, les crean ilusiones consumistas.
Esa delincuencia que tanto tememos y esa violencia que nos golpea se incrementarán en la medida en que la sociedad se descuide de la educación de sus miembros y el sistema se alimente con la sangre de los pobres. Nadie lo dude: La educación social y la creación de oportunidades reales de progreso representan el antídoto para los males. Lo demás, es bulto.

