Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

En la sociedad, como en cada ámbito de la Naturaleza, el primer deber y el primer derecho de todo lo que existe es seguir existiendo. Esta es una verdad tan grande como una montaña. Es demasiado obvia y está a la vista de todo el mundo. Por eso muchas personas no la ven. Lo normal suele pasar desapercibido para una gran parte de los seres humanos. El mejor escondite es el que cualquier individuo puede considerar como el menos apropiado o seguro. Los clandestinos saben eso.

 Cada sujeto hace lo que tiene que hacer para prolongar su existencia. Los valores éticos, morales y jurídicos están subordinados a ese supremo deber y derecho.

 Los opositores tendrán muchos argumentos para refutar el comportamiento del que pretende mantener las condiciones propicias para existir. Podrán descargar grandes e irrefutables razones para aplastar las intenciones del sobreviviente. Pero todo es hipocresía. Cada opositor, en su personal realidad, también está usando, de una forma u otra, los medios de que dispone para preservarse. El cinismo lo despliega bajo la concepción de que los métodos son malos si los emplea el otro, pero son buenos si los utiliza él. Es la quintaesencia de la irracionalidad para auto justificarse con una razón.

 Todo lo que existe se niega a dejar de existir. Y la existencia es la vida misma. También es la vigencia, la notoriedad, la manipulación o control de los demás y de las circunstancias. Nadie en pleno uso de sus facultades mentales niega su propio ser. Hasta los héroes y mártires verdaderos, los que se entregan a causas justas y honrosas, a los cuales debemos admirar, honrar y respetar, llegan al sacrificio y a la inmolación con una vocación de ser, de trascendencia, de eternidad. Tienen sentido de la Historia y buscan, conscientes o inconscientemente, perpetuarse en la memoria colectiva. Es un sano individualismo. Sólo los ignorantes no se dan cuenta de eso.

 Nicolás Maquiavelo, patriota italiano y padre de la ciencia política, muy mal estudiado y peor comprendido, estableció que el fin justifica los medios. Dijo una gran verdad. No moralizó. Si ese aserto vale en pequeñas o en grandes proporciones, si es bueno o malo como un cuchillo, o si lo manejas tú o el otro, no es culpa del florentino.

 Siempre la sociedad persigue ocultar la forma en que actúan los poderosos. No quiere que los débiles y gobernados tomen conciencia de esas maniobras. Si las imitan, el statu quo peligraría. Guardan las formas para hacer invisible el fondo. Educan a la bestia para someterla. Resaltan aviesamente la virtud del manso y del dócil. Pero los poderosos son salvajes y brutales.

 El poder existe y busca en todo momento la manera de perpetuarse. Los que sufren sus efectos, tienen derecho a combatirlo para ocupar su lugar. Luego, desearán perpetuarse también. El poder impone su ley, que es la fuerza. El débil reclama respeto al Derecho, que es su consuelo. Y así gira la eterna espiral del retorno implacable.

El Nacional

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