Opinión

QUINTAESENCIA

QUINTAESENCIA

Don Bruno Rosario Candelier, director de la Academia Dominicana de la Lengua y Premio Nacional de Literatura, nos brinda siempre sus grandes enseñanzas. Las prodiga, sin mezquindades ni aspavientos. Igual que los grandes sembradores de conocimientos, que también son forjadores de almas y espíritus singulares. Emula a Eugenio María de Hostos, José Martí y Juan Bosch, por sólo mencionar una trinidad que se eleva al infinito.

  Las lecciones de don Bruno tienen su fundamento en el uso artístico del idioma. Ese es el pretexto y la esencia primigenia. Por su profundidad de pensamiento y rigor estilístico, trascienden la especificidad del campo lingüístico. Se aposentan con señorío del bueno en cada una de las manifestaciones de la vida. Leer sus textos es visitar placenteramente, asidos de una mano experimentada, al reino de la cultura clásica. Especialmente la griega antigua e inmortal. Y escucharlo exprimir el sentido de la palabra hablada es recordar a Sócrates, mientras paseaba con sus discípulos por los jardines de Atenas.

 El alma de maestro que tiene don Bruno se manifiesta con creces en el Movimiento Interiorista y en cada uno de sus libros. Es prolijo, profundo y sencillo.

 Su más reciente obra, “La Fragua del Sentido” es de lectura obligada. Está dividida en tres secciones: Bajo el signo del lenguaje, La estela de las letras y Cartas y correos electrónicos. Todo trino es perfecto, decían los latinos. En el primer apartado encontramos, como filones dorados, estudios ensayísticos sobre “La lengua en el desarrollo de la personalidad”, “La tradición lingüística y literaria en el desarrollo cultural”, “Lengua, norma y creación en el rol de la comunicación”. En el segundo, nos sorprenden: “La dimensión verbal en Freddy Gatón Arce”, “Novela de pensamiento de Federico Henríquez Gratereaux”, “La vocación armoniosa de Víctor Villegas”. Y en el tercero, nos deleitamos con la lectura de cartas, consultas lingüísticas y notas de viajes.

Aprendamos de estos dos párrafos de don Bruno:

 “Para los antiguos griegos, Logos es ‘palabra’ y es ‘idea’, porque entraña el principio espiritual del genio de una lengua. Los antiguos pensadores presocráticos concebían el logos como la energía interior de la conciencia que se realiza en la palabra cuando hablamos, pensamos, escuchamos y escribimos, que son las artes del lenguaje. En tanto aliento espiritual de la conciencia, su esencia fecundante distingue a los seres humanos de las demás criaturas del Universo en virtud de la operatividad que el lenguaje formaliza.”

 “Como impulso interior de la conciencia, el Logos constituye el principio espiritual del pensamiento y el germen generativo de la creatividad. En tal virtud, el Logos propicia la motivación para actuar y la inspiración para crear porque encierra el aliento fecundante del entusiasmo, la fuerza motivadora de la acción y el impulso creativo de cuanto concibe y realiza la palabra.”

 Nada más cierto.

El Nacional

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