La figura histórica y política de Juan Pablo Duarte, el verdadero y único Padre de la Patria, es usada todos los años, y muy especialmente en su fecha de natalicio, como un preservativo. Los políticos que nos gastamos en esta tierra, lo usan. Para esos señores, el que soñó con una nación libre e independiente de toda potencia extranjera, y que de no conseguirla prefería que se hundiera la isla, es un condón.
Duarte es el personaje del cual muchos de nuestros políticos quieren hablar bien, porque honrar, honra y creen que al hacerlo terminarán dándose un baño de apariencia patricia. Es lo único que les interesa: lucir que admiran y respetan al fundador de la Trinitaria.
Ahora bien, seguir en la práctica el ejemplo de Duarte, es otra cosa. Ahí es que la puerca retuerce el rabo, diría nuestro pueblo. En esta dimensión, Duarte no es tan admirado ni querido. Resulta incómodo, molestoso, atrevido, imprudente, iluso y temerario.
Hablar de Duarte a doscientos años de su nacimiento es tarea fácil y cómoda para cualquiera que tenga un mínimo de formación académica y política. Mucho más para los retóricos de ocasión. Se complacen con presentar a un inmaculado, a un santurrón. Una especie de ángel que anduvo por el mundo con semblante pálido y con una buena idea para los dominicanos. Joaquín Balaguer, en El Cristo de la Libertad, llegó al colmo de presentarlo con inclinaciones poco varoniles.
Pero el que dijo Sed justos, lo primero, si queréis ser felices era un hombre hecho y derecho. Sabía lo que quería y estaba dispuesto a pagar el precio para alcanzar su objetivo. Hasta el grado que exhortó a sus compañeros a luchar hasta la victoria o hasta el fin, si era necesario. Y con la preocupación de que algunos se acomodaran indebidamente, les arengó diciendo: Para nosotros no hay reposo sino en la tumba.
El Duarte que regresó de Europa traía una idea clara: liberar e independizar a los dominicanos del gobierno haitiano, que se extendería por 22 largos años. A esa tarea se dedicó en cuerpo y alma. Para lograrlo, creó una organización cultural, que llamó Filantrópica, y otra política partidaria, que denominó Trinitaria. Por tanto, sus energías las dedicó a la organización y concienciación de la colectividad. Tan pronto sus ideas comenzaron a fructificar, se dio cuenta que el peor enemigo que debía derrotar no era la fuerza haitiana, sino el bando traidor y parricida nacional. Pero fue víctima de sus perversas maquinaciones. Lo declararon traidor a la Patria y lo exiliaron.
Muchos creen que el exilio de Duarte terminó. Pero es garrafal error. El Padre de la Patria continúa en el ostracismo más doloroso: sus ideas solo son parte del decorado político nacional. Duarte espera renacer en la conciencia nacional para regresar triunfante de su exilio.

