La dialéctica, en uno de sus principios fundamentales, establece que todo cambia. Heráclito, el gran filósofo de la antigüedad, proclamó que nadie se baña dos veces en el mismo río. El fluir de las aguas, como el fluir de la vida y de todo lo que se encuentra en la naturaleza, lo impide. Es de necios negar el devenir de las cosas.
Pero es necesario reconocer que en el Derecho, como conjunto de principios y normas que rigen la vida en sociedad, existe un conjunto de principios que son intocables.
Ni siquiera las fuerzas políticas, siempre contradictorias y en ocasiones antagónicas, tienen facultades legítimas para eliminar esos principios o modificarlos hasta el grado de hacerlos ineficaces.
Los valores jurídicos que denomino principios intocables. coinciden con los que Luigi Ferrajoli llama la esfera de lo indecidible. Ernesto Garzón Valdés se refirió a ellos como coto cerrado. Michelangelo Bovero usó esa expresión. Para el eminente pensador Norberto Bobbio, ese mundo de principios es el territorio inviolable.
Valdría preguntarse: ¿Qué son los principios intocables? Son todos los que se refieren a los derechos y las garantías inherentes a la persona humana. Ésta no puede ser confundida con la persona jurídica, que es una ficción del legislador para darle carácter legal y personería al capital organizado conforme al sistema capitalista.
Para las actuaciones y efectos jurídicos, el derecho burgués igualó la persona jurídica (compañías, fundaciones, sociedades, etc.), a la persona humana o física. Más aún, en el sistema capitalista las entidades jurídicas son más importantes que las personas físicas o humanas. En la sociedad capitalista se protege el capital. Cuando la sociedad sea humanista se protegerá el ser humano.
Por ese carácter social, económico, político y jurídico de la sociedad capitalista, que desprecia al ser humano, surge la necesidad de los principios intocables. Constituyen el baluarte indispensable para proteger la esencia de los seres humanos.
El poder, como monstruo demoledor, tiene y debe tener límites. Lo contrario equivale a permitir que los lobos políticos devoren sin piedad ni consecuencias a los seres humanos, convertidos en mansas ovejas.
Los principios que protegen la vida, la libertad, la igualdad y la búsqueda de la felicidad; la familia, la fraternidad y la solidaridad; el medio ambiente sano, la educación y la alimentación; la conciencia, la expresión y la aspiración; la dignidad, el decoro y la justicia, entran en el ámbito de los principios intocables.
El poder, sea público o privado, está obligado a detenerse ante ellos.
Ni la votación por mayoría puede suprimirlos.
Las teorías liberales que van de Wilhelm von Humboldt, pasando por Constant hasta llegar a Tocqueville, tienen que respetar los principios intocables.
Así debe ser y será cuando los ciudadanos se apoderen efectivamente de la Constitución, de los derechos fundamentales y los principios intocables.

