El Tribunal Superior Electoral (TSE) está siendo objeto de fuertes cuestionamientos por la sentencia que anuló la alianza suscrita entre el Partido Nacional de Veteranos y Civiles (PNVC) y el Partido Revolucionario Dominicano (PRD). Esta sentencia fue dictada con el voto disidente del presidente del TSE, doctor Mariano Rodríguez. Entiende que sienta un mal precedente y viola el derecho fundamental a elegir y ser elegido. Esto es muy grave y tiene consecuencias jurídicas y políticas de mucha importancia. De ser así, se afecta el orden constitucional y la vida democrática de la nación.
Son muchos los que ven ese voto disidente como una oportunidad para sacar capital político. Pretenden presentar al TSE como un apéndice del Partido de la Liberación Dominicana (PLD). Afirman que el fallo se dio para perjudicar las aspiraciones de Hipólito Mejía y favorecer al candidato del partido oficial. Al impedir esa alianza, concluyen los inconformes, se le resta votos a la oposición y se fortalece la propuesta presidencial de Danilo Medina.
Cualquier decisión que toma un juez o tribunal siempre genera dos reacciones contrapuestas: los ganadores se mostrarán satisfechos y los perdedores montarán en cólera por su frustración. Es inevitable. Los jueces estamos obligados a cargar constantemente con esa piedra de escándalos.
También se creó la percepción de que en el TSE existe una crisis de autoridad y de liderazgo por el voto disidente de su presidente. Se cree, por una parte, que la disidencia es perjudicial a la institucionalidad y, por la otra, que quien preside el tribunal tiene la facultad de dar órdenes a los demás miembros del organismo sobre los criterios adoptados o influir de manera determinante para que piensen como piensa el presidente. Esto es un garrafal error. Primero, debido a que la disidencia fundamentada y bien motivada es buena. Enriquece en todo momento. Los mal educados y sin capacidad para argumentar conceptualmente le tienen miedo. La unanimidad de criterios a ultranza es propia de borregos y pusilánimes sometidos a tiranías. Segundo, la autoridad legal o moral de un presidente no le faculta para castrar las opiniones contrarias y el liderazgo solamente otorga la oportunidad de dirigir, orientar y guiar. Jamás puede imponer sus opiniones a los demás como un dictador.
La regla de oro de todo tribunal colegiado u otra organización es que, después de los debates y deliberaciones, la mayoría decide. El o los que hacen minoría están obligados a acatar lo decidido. Pueden divulgar su criterio con el voto salvado o disidente.
Independientemente de las lecturas bajo la lupa y los intereses partidarios que pudieran darse a la comentada decisión del TSE, lejos de existir una crisis con el voto disidente de su presidente, lo que refleja es una fortaleza del órgano electoral. La independencia de criterios de sus miembros es buena. Esa es la democracia. Aceptémosla.

