Opinión

Quintaesencia: Constitución y ritos

Quintaesencia: Constitución y ritos

El origen institucional de la Constitución dominicana hay que buscarlo en la historia, 173 años atrás. Se remonta al 6 de noviembre de 1844, fecha en que se aprobó nuestra primera Carta Magna, conocida como la de San Cristóbal, nombre de la villa en que se reunieron los constituyentes de entonces. Los orígenes económicos, políticos, sociales y de modelos se ubican en tiempos más remotos y complejos.

Y desde entonces hasta hoy, el Pacto Fundamental ha gozado, en lo formal y teórico, de un respeto y consagración que deslumbran a los que confunden las apariencias con las esencias, a los que oyen discursos y no ven ni analizan prácticas.

La verdad es que el incumplimiento de los valores, principios y normas de la Ley Suprema campea por sus fueros.

Parece que las costumbres de nuestro período colonial español se mantienen vivas, como atavismos. Muy especialmente la que establecía que las leyes (reales cédulas de la corona) se acataban, porque venían de Su Majestad; pero no se podían cumplir, debido a que las condiciones en la isla habían cambiado, y no lo permitían. Bajo ese prisma, es que nuestros dirigentes y autoridades siguen viendo la Constitución.

Esa es la razón por la cual se hizo tan célebre entre los dominicanos la frase expresada por el ex Presidente Joaquín Balaguer, que la copió del gran jurista alemán Ferdinand Lassalle, sin mencionarlo, cuando afirmó que la Constitución es un pedazo de papel. Y, en esta sociedad, digna de mejor suerte, dijo la verdad.

Los factores reales de poder no se han sentido ni representados ni comprometidos con la Norma Sustantiva. Y eso tiene su causa en la ausencia de los necesarios tipos de conciencias, como la política, la social, la nacional, la de clase, la de sujeto y la de pertenecer a una comunidad, que deberían tener. El atraso que tienen no se lo permite.

Pertenecen a clases sociales o extractos de clases en sí, pero no para sí. Ni comprenden ni les interesa conocer su función en la sociedad. Solamente les preocupa sacar la mayor ventaja personal o grupal, tanto en sus acciones privadas como públicas. Ni siquiera llegan a deslindar ideológicamente y en los hechos lo privado de lo público. El clientelismo y el patrimonialismo reinan.

Así las cosas, la Constitución es objeto de todos los homenajes en cada uno de sus aniversarios, porque honrar, honra. Con esto se satisface una megalomanía muy arraigada.

Los que en cada acto oficial se muestran muy compungidos y solemnes, como monaguillos en misa, son los que no pierden oportunidad para fraguar atentados contra el orden constitucional. Y cuando pierden la condición de funcionarios, nadie les vuelve a ver esa reverencia.

El Nacional

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